La dignificación del oficio de juglar
Los juglares (del latín ioculātor, que a su vez deriva de ioculus, diminutivo de iocus, que significa «juego» o «broma») fueron figuras esenciales en la vida cultural y festiva de la Europa medieval. Artífices de espectáculos de diversa índole, difundieron música y poesía en las cortes medievales y las plazas públicas, aunque su carácter itinerante afectó negativamente a su estatus social y a menudo se les consideró con desdén. Los primeros signos de dignificación de su profesión tuvieron lugar durante el siglo XIII. Encontramos uno de ellos en la corte de Alfonso X El Sabio. En un documento dirigido en 1274 al rey por Guiraut Riquier, por entonces al servicio del rey castellano, el trovador que se quejaba de la degeneración del oficio de juglar, argumentando que cualquier individuo sin conocimientos ni habilidades musicales podía presentarse como tal, desvirtuando así el verdadero propósito de la juglaría, que había nacido para promover la alegría y el honor. En su protesta, Guiraut defendía que se distinguiera adecuadamente el estatus del trovador con respecto al de juglar, por su formación y dominio técnico en la poesía.
En respuesta a estas inquietudes, Alfonso X el Sabio elaboró en 1275 una Declaratio que clarificó y delimitó las profesiones de juglar y trovador. Alfonso X diferenciaba claramente entre los verdaderos juglares, quienes debían tocar instrumentos y cantar versos ajenos con habilidad, y aquellos que se dedicaban a espectáculos menores, como imitadores o bufones, que no debían ser considerados juglares auténticos. En esta declaración, se subrayaba la primacía del trovador, quien, a través de su capacidad para componer poesía y música, era visto como el verdadero creador y figura más honorable (Santiago Sastre Ariza, «Guiraut de Riquier y Alfonso X el Sabio: distinguir en serio entre juglares y trovadores», Toletum, 2022).
Los primeros pasos en la dignificación de esta profesión en el ámbito urbano (es decir, fuera de las cortes), llegaron gracias a la creación de gremios específicos para los músicos profesionales. Durante la Edad Media, los gremios fueron asociaciones de artesanos y comerciantes, como herreros, tejedores, carpinteros y panaderos, que regulaban la práctica de sus respectivos oficios. Estas organizaciones surgieron en las ciudades europeas y tuvieron como objetivo proteger los intereses de sus miembros y establecer precios para sus productos o servicios. Los gremios jugaron un papel crucial en la economía medieval, organizando la producción y asegurando asegurando la transmisión del conocimiento y las habilidades profesionales de generación en generación a través de un sistema de aprendizaje.
El estatuto aprobado en 1321 para los juglares y ministriles en París, dentro de la confrérie de Saint-Julien des ménétriers (gremio de ministriles de San Julián), estableció once reglas específicas para regular la práctica de los músicos que ejercían su profesión en París. Estas reglas incluían normas como no abandonar los festejos antes de que hayan acabado, no enviar suplentes a los servicios musicales, y no hacer publicidad de sí mismos en las tabernas. Estas regulaciones aseguraban la calidad y la profesionalidad de los servicios prestados por los músicos del gremio. Para ingresar en el gremio, el aspirante debía pasar por un proceso de aprendizaje similar al de otros gremios artesanales. El músico debía ejercer como aprendiz bajo la supervisión de un miembro del gremio. Después de un período de seis años, el aprendiz debía superar una audición frente a un jurado de maestros para demostrar su competencia y habilidades. Solo entonces podía ser aceptado plenamente como miembro del gremio. En 1407, las reglas del gremio parisino se extendieron a toda Francia, consolidando el poder y la influencia de la confrérie de Saint-Julien des ménétriers y asegurando la uniformidad en la práctica musical profesional en todo el país.
El rondeau «Ses tres dous regars» de Guillaume d’Amiens [ca.1300]
Guillaume d’Amiens – Rondeau «Ses tres dous regars» [ca.1300].
Guillaume d’Amiens (o Guillaume «el pintor») fue un trovero y pintor de la ciudad de Amiens que vivió a finales del siglo XIII. Conocemos su música a través de un cancionero de Arras (Biblioteca Apostolica Vaticana, Latin 1490, f. 118r). Su obra conocida comprende 8 rondeaux monódicos, 2 chansons d’amour y un virelai, así como otros cuatro poemas que han llegado hasta nosotros sin su música. El rondeau «Ses tres dous regars» pertenece al tipo más sencillo de este tipo de estrofas, en el que cada frase musical coincide con un solo verso: el triolet. Desde el punto de vista literario presenta un carácter arquetípico, referido al amor cortés en el rol de amante suspirante (fenhedor).
El texto del poema de Guillaume d’Amiens dice así:
Ses tres dous regars M'a mon cuer emblé. Ce n'est mie a gas Ses tres dous regars Elle m'ocirra se li viegne a gré. Ses tres dous regars M'a mon cuer emblé:
Su dulcísima belleza me ha robado el corazón: No hablo en broma, -su dulcísima belleza- Ella me mataría si ello fuera de su agrado. Su dulcísima belleza me ha robado el corazón.
Guillaume d’Amiens – Rondeau «Ses tres dous regars» [ca.1300].

Este rondeau monódico, conservado en notación prefranconiana, evoca aún en su simplicidad el origen popular (popular urbano, si se prefiere) de esta forma musical. En efecto, el rondeau surge como extensión de la forma cansó trovadoresca (A A B) a un formato de alternancia grupo-solista de carácter bailable. Este formato consistiría en la repetición de un estribillo fijo (A B) por parte del grupo, mientras un solista incorporaría en cada estrofa nuevos versos con las mismas rimas y melodía (a b), según este plan:
Grupo: A B (estribillo)
Solista: a – Grupo: A
Solista: a b – Grupo: A B (estribillo)
De lo cual resulta la forma AB a A ab AB característica del rondeau monoestrófico que conocemos gracias a los troveros.
La brevedad y concisión de este rondeau lo sitúa a leguas de distancia de los compuestos por los polifonistas a lo largo de los siglos XIV y XV. «Ses tres dous regars» está en una tonalidad de Do que podríamos considerar «moderna», no solo en cuanto establece como tónica (o final) una nota ajena al sistema modal gregoriano, sino que además alterna como finales de las secciones las notas Sol y Do, respectivamente. Esta alternancia de finales (Sol y Do) confiere a las frases A (Sol) y B (Do) el carácter complementario (abierto-cerrado o ouvert–clos) que había sido ya característico de las formas trovadorescas.
También son características la regularidad de las frases así como el ritmo ternario y la figuración típicas de la notación prefranconiana.

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