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Unidad 16 – Liberalismo y Romanticismo en Francia

La Revolución Francesa (1789) inició un turbulento periodo de descomposición de las estructuras sociales del Antiguo Régimen. Pese a que las Guerras Napoleónicas (1799-1815) permitieron diseminar los nuevos valores liberales por toda Europa -Países Bajos, Italia, España, Polonia y estados germánicos occidentales- y conmover los cimientos del resto de Europa, la alianza liderada por los imperios británico, austríaco y ruso restauraron la monarquía borbónica en Francia (1814) poniendo aparentemente fin al paréntesis revolucionario.

La deriva autoritaria del régimen provocó el estallido de la Revolución de 1830, tras la cual se instauró una monarquía parlamentaria de corte liberal. El nuevo periodo abierto en 1830, caracterizado por un espectacular crecimiento económico sustentado en la liberalización de la economía, la industrialización, la liquidación de las estructuras feudales, la libertad de prensa y la supresión de la censura, convirtieron París en un próspero centro cultural de primer orden. Un centro en el que las más variadas ofertas musicales pugnaron entre sí por satisfacer el hedonismo de las nuevas clases urbanas, y al que acudieron artistas de toda Europa al calor de las oportunidades y las libertades.

Ópera y ballet en París, s. XIX
Presentación Genially
Unidad 16. Liberalismo y Romanticismo en Francia

Mercado, espectáculo y el mito del artista romántico

Las nuevas circunstancias políticas y sociales alteraron el sistema de valores musical: al dejar de trabajar para un patrón y depender su sustento de su habilidad para explotar un mercado próspero y de un dinamismo desconocido hasta la fecha, la cotización de un artista y sus oportunidades profesionales dependieron en gran medida de su imagen pública. El efecto combinado de una nueva cultura de masas proclive a lo novelesco y al sentimentalismo más el afán propagandístico –o narcisismo– de los propios artistas generará una visión idealizada del artista libre de ataduras sociales y entregado a la expresión de su propia interioridad.

María Malibrán, diva de los escenarios parisinos, por François Bouchot.
María Malibrán, diva de los escenarios parisinos, por François Bouchot.

La mercantilización de la cultura –así como el olvido casi absoluto de los valores estéticos del Clasicismo– situó de nuevo al teatro musical en el centro de la vida musical del París del Romanticismo. Allí rivalizaron la ópera italiana –en su nueva vertiente romántica, el bel canto, que estudiaremos en la Unidad 18– y la ópera cómica –ópera en francés con diálogos hablados– con nuevos géneros como la gran ópera, el ballet romántico y la danza española.

La gran ópera es, musical y artísticamente hablando, el más ambicioso entre estos tres géneros autóctonos y el más representativo de su tiempo. Descendiente directo de la ópera seria, la gran ópera francesa está concebida como un gran espectáculo capaz de reunir el erotismo de la danza francesa con la belleza del canto italiano y la riqueza orquestal de la música alemana, todo ello puesto al servicio de dramas históricos que ilustraban los valores de la burguesía triunfadora en 1830. La innovadora gestión de la Ópera de París introducida por Louis Veron convirtió esta institución en el punto de encuentro de las nuevas élites parisinas.

Aunque la gran ópera ha sido un género muy desacreditado en el siglo XX, no es posible despreciar su impacto e influencia en la sociedad del siglo XIX. Como ejemplo, cabe señalar que la revolución belga que culminó con la independencia de Bélgica se inició durante la representación de La mudita de Portici [1828] de Daniel-François Auber -considerada un precedente de este género-, tras la interpretación del dueto revolucionario «Amour sacré de la patrie».

Política y religión en la grand opéra francesa

El cosmopolitismo de la escena musical francesa se ejemplifica con claridad en el hecho de que los principales representantes de su género por excelencia —la grand opéra— fueran extranjeros. Rossini dio forma definitiva al género con la que sería su última ópera, Guillermo Tell, cuyo éxito arrollador le permitió retirarse de los escenarios con tan solo 38 años.

Meyerbeer, músico judío de origen alemán y nombre italianizado tras su etapa belcantista, se convirtió en la figura más influyente y exitosa de la ópera francesa del siglo XIX. Halévy —francés, pero judío practicante— ilustra, por su parte, el rápido grado de asimilación alcanzado por esta minoría religiosa en el marco del nuevo Estado liberal.

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El argumento trata sobre el héroe legendario de la independencia suiza, Guillermo Tell . El tema libertario constituyó uno de los tópicos centrales de la ópera romántica.
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Esta influyente ópera sitúa en primer plano el conflicto entre fanatismos religiosos. El retrato del cardenal Brogni como líder hipócrita y despiadado constituye uno de los primeros hitos del anticlericalismo exhibido por la Gran Ópera a lo largo de su historia.
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Los hugonotes aborda un tema espinoso de la historia francesa: el genocidio de los hugonotes —protestantes franceses—, perpetrado en París por fanáticos católicos durante la noche de San Bartolomé del año 1572. El líder de los católicos termina ejecutando sin saberlo a su propia hija, que acompañaba de incógnito a su amante hugonote.

Gioachino Rossini – Guillermo Tell – Obertura [1829].

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Jacques Fromental Halévy – La judía – Aria «Rachel, quand du Seigneur» [1835].

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Giacomo Meyerbeer – Los hugonotes – Acto IV – Bendición de las armas [1836].

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El teatro musical, más allá de la gran ópera

La fundación del Conservatorio de París en 1795 representó un cambio radical en la enseñanza musical en toda Europa, al estructurarse como un centro educativo laico y republicano, orientado a la formación de artistas para el teatro y la ópera, en contraste con las escuelas religiosas o maîtrises del Antiguo Régimen. A diferencia de los modelos anteriores, el conservatorio contó con un sistema de formación formalizado, que incluía clases de solfeo, armonía y diversos instrumentos, promoviendo la impresión de métodos pedagógicos en cada una de sus especialidades. La institución consolidó su reputación instaurando en 1803 el prestigioso Premio de Roma para jóvenes compositores.

Una escena de Fra Diavolo [1830] de Auber, según una litografía en color de John Brandard de ca.1858.
Una escena de Fra Diavolo [1830] de Auber, según una litografía en color de John Brandard de ca.1858.

Junto con la gran ópera, la ópera italiana y la ópera cómica constituyeron dos ámbitos destacados de la oferta teatral musical de este periodo. La importancia cultural de París convirtió esta ciudad en un codiciado destino para los compositores italianos, quienes estrenaron en la capital francesa algunos de los títulos más emblemáticos del llamado bel canto. Por su parte, la ópera cómica renovó su popularidad durante la mayor parte del siglo mediante el cultivo de inocentes tramas de enredos y gracias al indiscutido reinado musical de Daniel-François Auber, cuya obra ejerció un poderoso influjo en el teatro musical popular de toda Europa, incluyendo la zarzuela romántica española, renacida en la década de 1840.

El año 1832 es considerado unánimemente el año del nacimiento del ballet romántico, con el estreno del ballet La sílfide con música de Jean Schneitzhöffer, que reunió una técnica innovadora de reciente invención –el baile en puntas– con un planteamiento músico-dramático continuo. Aunque la música de estos espectáculos fue, por lo general, de ínfimas pretensiones artísticas, el ballet romántico adquirió una primera madurez (también musical) gracias a Adolphe Adam y su obra Giselle [1841], cuyo enorme éxito la llevó a los escenarios de medio mundo, desde Rusia hasta la Estados Unidos de América.

La fundación en 1855 –ya en tiempos del II Imperio– de la compañía de los bufos parisinos de Jacques Offenbach –judío de origen alemán al igual que Meyerbeer– supuso la consagración de un nuevo género de teatro musical: la opereta. Se trata de un género frívolo que parodiaba argumentos clásicos en tramas irreverentes y cuyo carácter sexualmente desinhibido se hizo icónico a través del baile del cancán y la exhibición de las piernas de las coristas.

La Meca del teatro musical en todas sus formas

Los principales representantes del bel canto italiano mantuvieron una presencia constante en París. La ópera italiana fue el reino indiscutible de las voces y uno de los grandes escaparates de las estrellas canoras del momento. El Théâtre Italien parisino acogió el estreno mundial de Los puritanos de Bellini, así como hasta cuatro óperas de Donizetti, quien compuso además dos óperas cómicas en lengua francesa y cuatro grandes óperas.

Verdi prolongó la presencia italiana en la capital francesa con títulos como Jerusalén (1847), Las vísperas sicilianas (1856) y Don Carlos (1867), obras que confirman el papel central de París como punto de encuentro de todas las tradiciones operísticas europeas.

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Los puritanos – Acto II – Escena de la locura “Vien diletto” [1835]
Los puritanos combina un trasfondo histórico de conflictos religiosos con los principales tópicos de la comedia lacrimógena dieciochesca: la locura de amor con final feliz.
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De la opéra comique a la opereta
La ópera cómica francesa tiene sus orígenes a principios del siglo XVIII. El género adquirió nuevo ímpetu durante las décadas de 1820 y 1830, convirtiéndose en un símbolo de la nueva era.
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Giselle – Acto I (Escena de la locura) [1841]
Este ballet retoma el tema de la locura de amor, revestido en esta ocasión de elementos trágicos y sobrenaturales: la campesina Giselle, al comprender que ha sido seducida y engañada, cae en un estado de locura y muere ante el horror de los presentes.

Vincenzo Bellini – Los puritanos – Acto II – Escena de la locura «Vien diletto» [1835].

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Gaetano Donizetti – La hija del regimiento – Acto I – Cavatina «Ah, mes amis!» [1839].

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Adolphe Adam – Giselle – Acto I (Escena de la locura) [1841].

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Los nuevos espacios de la música instrumental

Idealizada velada musical, con Liszt, Rossini y Paganini, junto con Alexandre Dumas, Victor Hugo, la travestida George Sand y la amante de Liszt, Marie d'Agoult, bajo el busto de Beethoven y un retrato de Lord Byron, en un óleo de 1840 de Danhauser.
Idealizada velada musical, con Liszt, Rossini y Paganini, junto con Alexandre Dumas, Victor Hugo, la travestida George Sand y la amante de Liszt, Marie d’Agoult, bajo el busto de Beethoven y un retrato de Lord Byron, en un óleo de 1840 de Danhauser.

Pese a la implacable hegemonía de la música escénica y vocal en el mercado musical del Romanticismo francés, la música instrumental encontró acomodo a través de las figuras de los grandes virtuosos, principalmente de instrumentos como el piano o el violín. Estos compositores-instrumentistas lograron en muchos casos amasar grandes fortunas exhibiendo sus talentos en los salones de la alta burguesía y en las salas de conciertos, abiertas por primera vez al lucimiento personal de los virtuosos.

En el terreno de la música de concierto, los valores clásicos quedaron arrasados por las modas dictadas por el teatro y la excitación provocada por arrolladores virtuosos como Niccolò Paganini (violín) o Franz Liszt (piano). Los valores del Clasicismo habían caído irremisiblemente en el olvido, e incluso la música de un Beethoven encontraba difícil acomodo en el gusto del público francés pese a la labor divulgadora de artistas como el propio Liszt o Hector Berlioz.

Fue precisamente Berlioz, incorruptible innovador musical en todas sus facetas, quien alcanzó un caluroso –aunque efímero– reconocimiento gracias a su revolucionario concepto de la orquestación y al triunfo de obras como su Sinfonía fantástica [1830], obra que planteó un lenguaje sinfónico avanzado mientras actualiza el concepto de música programática de acuerdo con la sensibilidad romántica. Retomaremos este asunto en la Unidad 19.

Virtuosismo en el París del Romanticismo

Nacido en Génova, Paganini alcanzó de forma casi autodidacta la extraordinaria habilidad violinística que le dio fama mundial. Entre 1828 y 1834 realizó tumultuosas giras que le llevaron desde Polonia hasta Inglaterra, pasando por Milán, Viena y París. Rodeado de escándalos y de una fama satánica —se decía que había pactado con el diablo—, amasó una ingente fortuna que dilapidó en proyectos descabellados y que empleó también en el mecenazgo de artistas como Berlioz.

Húngaro y formado musicalmente en Viena, Liszt estableció su residencia en París entre 1827 y 1839, antes de iniciar un periodo de nueve años de giras internacionales que le llevaron desde Escocia hasta Turquía y desde España hasta Moscú. Chopin, por su parte, se instaló en París como exiliado, integrándose en la nutrida colonia de exiliados polacos que huyeron tras el aplastamiento ruso de los levantamientos de 1830.

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Este movimiento está concebido en forma de rondó y constituye una buena muestra de los artificios técnicos desarrollados por Paganini. Su tema principal (“La campanella”) fue reutilizado por Liszt en uno de sus estudios pianísticos .
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Estudios de ejecución trascendental – nº2 Fusées [1826/39]
El término lisztomanía (acuñado por Heine) da medida del furor que provocaban los conciertos de Liszt y los episodios de histeria colectiva que despertaron, gracias a la teatralidad del músico y al espectacular virtuosismo exhibido en muchas de sus obras.
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Nocturno en Fa♯ mayor , op.15 nº2 [1834]
Chopin llegó a París en 1831 y, desde entonces hasta su muerte en 1849, conquistó los salones y alcanzó una enorme reputación como músico y profesor. Los nocturnos son piezas de carácter meditativo, generalmente en forma ternaria, con amplias melodías de carácter lírico y elaboradas ornamentaciones.
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Franz Liszt – Estudios de ejecución trascendental – nº2 Fusées y nº3 Paysage [1826/39].

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Frédéric Chopin – Nocturno en Fa# mayor op.15, nº2 [1834].

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Línea de tiempo del Romanticismo y Nacionalismo musical