La Revolución Francesa (1789) inició un turbulento periodo de descomposición de las estructuras sociales del Antiguo Régimen . Pese a que las Guerras Napoleónicas (1799–1815) permitieron diseminar los nuevos valores liberales por toda Europa —Países Bajos, Italia, España, Polonia y estados germánicos occidentales— y conmover los cimientos del resto de Europa, la alianza liderada por los imperios británico, austríaco y ruso restauró la monarquía borbónica en Francia (1814), poniendo aparentemente fin al paréntesis revolucionario.
La deriva autoritaria del régimen provocó el estallido de la Revolución de 1830 , tras la cual se instauró una monarquía parlamentaria de corte liberal. El nuevo periodo abierto en 1830, caracterizado por un espectacular crecimiento económico sustentado en la liberalización de la economía, la industrialización, la liquidación de las estructuras feudales, la libertad de prensa y la supresión de la censura, convirtió París en un próspero centro cultural de primer orden. Un centro en el que las más variadas ofertas musicales pugnaron entre sí por satisfacer el hedonismo de las nuevas clases urbanas, y al que acudieron artistas de toda Europa al calor de las oportunidades y las libertades.
Mercado, espectáculo y el mito del artista romántico
Las nuevas circunstancias políticas y sociales alteraron el sistema de valores musical: al disminuir la dependencia directa de un patrón y depender cada vez más su sustento de su habilidad para desenvolverse en un mercado próspero y de un dinamismo desconocido hasta la fecha, la cotización de un artista y sus oportunidades profesionales dependieron en gran medida de su imagen pública. El efecto combinado de una cultura urbana crecientemente mediatizada por la prensa y proclive a lo novelesco y al sentimentalismo, más el afán propagandístico —o narcisismo— de los propios artistas, generará una visión idealizada del artista libre de ataduras sociales y entregado a la expresión de su propia interioridad.

La mercantilización de la cultura situó de nuevo al teatro musical en el centro de la vida musical del París del Romanticismo, aunque convivió con una creciente veneración por los grandes maestros del pasado, y especialmente por Beethoven. En los escenarios rivalizaron la ópera italiana —en su nueva vertiente romántica, el bel canto, que estudiaremos en la Unidad 18— y la ópera cómica —ópera en francés con diálogos hablados— con nuevos géneros y espectáculos característicos del París romántico, como la gran ópera, el ballet romántico y la danza española.
La gran ópera es, musical y artísticamente hablando, el más ambicioso de estos géneros y uno de los más representativos de su tiempo. Heredera de distintas tradiciones del teatro musical francés y renovada por las aportaciones de compositores italianos y germánicos, la gran ópera francesa está concebida como un gran espectáculo capaz de reunir el erotismo de la danza francesa con la belleza del canto italiano y la riqueza orquestal de la música alemana, todo ello puesto al servicio de grandes dramas históricos que conectaban con las inquietudes políticas y los valores de la burguesía triunfadora en 1830. La innovadora gestión de la Ópera de París introducida por Louis Veron, primer director-empresario de la institución, combinó la subvención y el control estatal con una gestión orientada al mercado y convirtió la Ópera en el punto de encuentro de las nuevas élites parisinas.
Aunque la gran ópera fue un género muy desacreditado durante buena parte del siglo XX, no es posible despreciar su impacto e influencia en la sociedad del siglo XIX. Como ejemplo, cabe señalar que una representación en Bruselas de La mudita de Portici de Auber, el 25 de agosto de 1830, contribuyó a desencadenar las manifestaciones que desembocaron en la revolución y posterior independencia de Bélgica. El episodio ilustra hasta qué punto los grandes espectáculos operísticos podían participar de las pasiones políticas y nacionales de su tiempo.
Política y religión en la grand opéra francesa
El cosmopolitismo de la escena musical francesa se ejemplifica con claridad en el hecho de que los principales representantes de su género por excelencia —la grand opéra— fueran extranjeros. Rossini dio forma definitiva al género con la que sería su última ópera, Guillermo Tell, cuyo éxito arrollador le permitió retirarse de los escenarios con tan solo 37 años.
Meyerbeer, músico judío de origen alemán y nombre italianizado tras su etapa belcantista, se convirtió en la figura más influyente y exitosa de la ópera francesa del siglo XIX. Halévy —francés, pero judío practicante— ilustra, por su parte, el rápido grado de asimilación alcanzado por esta minoría religiosa en el marco del nuevo Estado liberal.
El argumento trata sobre el héroe legendario de la independencia suiza, Guillermo Tell. El tema libertario constituyó uno de los tópicos centrales de la ópera romántica.
LEER MÁS →Esta influyente ópera sitúa en primer plano el conflicto entre fanatismos religiosos. El retrato del cardenal Brogni como líder hipócrita y despiadado constituye uno de los primeros hitos del anticlericalismo exhibido por la grand opéra a lo largo de su historia.
LEER MÁS →Los hugonotes aborda un tema espinoso de la historia francesa: el genocidio de los hugonotes —protestantes franceses—, perpetrado en París por fanáticos católicos durante la noche de San Bartolomé del año 1572. El líder de los católicos termina ejecutando sin saberlo a su propia hija, que acompañaba de incógnito a su amante hugonote.
El teatro musical, más allá de la gran ópera
La fundación del Conservatorio de París en 1795 representó un cambio radical en la enseñanza musical en toda Europa, al estructurarse como un centro educativo laico y republicano, orientado a la formación profesional de músicos, en contraste con las escuelas religiosas o maîtrises del Antiguo Régimen. A diferencia de los modelos anteriores, el conservatorio contó con un sistema de formación formalizado, que incluía clases de solfeo, armonía, composición y diversos instrumentos, y promovió la impresión de métodos pedagógicos oficiales en cada una de sus especialidades. Este modelo de enseñanza, basado en programas, métodos, concursos y premios, ejerció una profunda influencia sobre los conservatorios fundados posteriormente en toda Europa. La institución contó además desde 1806 con una orquesta de alumnos que contribuyó a difundir el repertorio sinfónico moderno, incluidas las obras de Beethoven. Su reputación se vio reforzada por el Premio de Roma de composición musical, creado en 1803 y estrechamente vinculado desde entonces a la formación de sus jóvenes compositores.
![Una escena de Fra Diavolo [1830] de Auber, según una litografía en color de John Brandard de ca.1858.](https://hm.bustena.com/wp-content/uploads/2014/02/fra_diavolo.jpg?w=450)
Junto con la gran ópera, la ópera italiana y la ópera cómica constituyeron dos ámbitos destacados de la oferta teatral musical de este periodo. La importancia cultural de París convirtió esta ciudad en un codiciado destino para los compositores italianos, quienes estrenaron en la capital francesa algunos de los títulos más emblemáticos del llamado bel canto. Por su parte, la ópera cómica —género caracterizado por la alternancia de números musicales y diálogos hablados— renovó su popularidad durante la mayor parte del siglo mediante el cultivo de inocentes tramas de enredos y gracias al indiscutido reinado musical de Daniel-François Auber, cuya obra ejerció un poderoso influjo en el teatro musical popular de toda Europa, incluyendo la zarzuela romántica española, renacida en la década de 1840. La Ópera, la Opéra-Comique y el Théâtre-Italien epresentaban también instituciones con repertorios, compañías y privilegios propios dentro del fuertemente regulado sistema teatral parisino.
El año 1832 constituye una fecha emblemática en el nacimiento del ballet romántico, con el estreno de La sílfide, con música de Jean Schneitzhöffer. El protagonismo de Marie Taglioni convirtió el baile en puntas en uno de los principales recursos expresivos del nuevo ballet y en símbolo de la ingravidez y el carácter sobrenatural de sus heroínas. El ballet romántico adquirió una primera madurez, también musical, gracias a Adolphe Adam y su obra Giselle [1841], cuya mayor continuidad dramática y empleo de temas recurrentes reforzaron la función expresiva de la música. Su enorme éxito llevó la obra a los escenarios de medio mundo, desde Rusia hasta los Estados Unidos de América.
La fundación en 1855 —ya en tiempos del II Imperio— de la compañía de los bufos parisinos de Jacques Offenbach —judío de origen alemán al igual que Meyerbeer— supuso la consagración de un nuevo género de teatro musical: la opereta. Las restricciones administrativas que regulaban los teatros parisinos obligaron inicialmente a Offenbach a ofrecer obras breves y con pocos personajes, pero el éxito creciente de su compañía le permitió ampliar progresivamente sus dimensiones. La opereta combinó ligereza musical, rapidez teatral, parodia y sátira social, ridiculizando tanto los argumentos clásicos como las convenciones de la sociedad contemporánea. Su carácter irreverente y sexualmente desinhibido alcanzó una de sus expresiones más célebres en Orfeo en los infiernos (1858), cuyo Galop infernal quedaría asociado posteriormente al cancán y al imaginario de la vida nocturna parisina.
La Meca del teatro musical en todas sus formas
Los principales representantes del bel canto italiano mantuvieron una presencia constante en París. La ópera italiana fue el reino indiscutible de las voces y uno de los grandes escaparates de las estrellas canoras del momento. El Théâtre Italien parisino acogió el estreno mundial de Los puritanos de Bellini, así como los de Marino Faliero (1835) y Don Pasquale (1843), de Donizetti. Instalado en París desde finales de la década de 1830, Donizetti escribió además para los principales teatros franceses: La hija del regimiento (1840) para la Opéra-Comique, y Los mártires (1840), La favorita (1840) y Dom Sébastien (1843) para la Ópera de París.
Verdi prolongó la presencia italiana en la capital francesa con títulos como Jerusalén (1847), Las vísperas sicilianas (1855) y Don Carlos (1867), obras concebidas o profundamente adaptadas para los escenarios parisinos y que confirman el papel central de París como punto de encuentro de las distintas tradiciones operísticas europeas.
Los puritanos combina un trasfondo histórico de conflictos religiosos con los principales tópicos de la comedia lacrimógena dieciochesca: la locura de amor con final feliz.
La ópera cómica francesa tiene sus orígenes a principios del siglo XVIII. El género adquirió nuevo ímpetu durante las décadas de 1820 y 1830, convirtiéndose en un símbolo de la nueva era.
Este ballet retoma el tema de la locura de amor, revestido en esta ocasión de elementos trágicos y sobrenaturales: la campesina Giselle, al comprender que ha sido seducida y engañada, cae en un estado de locura y muere ante el horror de los presentes.
Los nuevos espacios de la música instrumental

Pese a la implacable hegemonía de la música escénica y vocal en el mercado musical del Romanticismo francés, la música instrumental encontró acomodo a través de las figuras de los grandes virtuosos, principalmente de instrumentos como el piano o el violín. Estos compositores-instrumentistas lograron en muchos casos amasar grandes fortunas exhibiendo sus talentos en los salones de la alta burguesía y en las salas de conciertos, cada vez más abiertas al lucimiento personal de los virtuosos.
En el terreno de la música de concierto, la fascinación por el espectáculo y el virtuosismo promovió el éxito de arrolladores virtuosos como Niccolò Paganini (violín) o Franz Liszt (piano). Pero esta tendencia convivió con otra de signo aparentemente opuesto: la creciente canonización de los maestros clásicos. Las sesiones de música de cámara organizadas desde 1814 por Pierre Baillot, dedicadas principalmente al cuarteto de cuerda, y la fundación en 1828 de la Société des Concerts du Conservatoire contribuyeron a crear un público para la música instrumental de Haydn, Mozart y, muy especialmente, Beethoven. De este modo, el París romántico asistió simultáneamente al ascenso del virtuoso moderno y a la formación de un repertorio clásico, convertido progresivamente en patrimonio artístico digno de ser escuchado una y otra vez.
Fue precisamente Hector Berlioz, innovador radical pero también ferviente defensor de Beethoven, una de las figuras que mejor encarnó esta nueva cultura sinfónica. Alcanzó una gran notoriedad —aunque un reconocimiento profesional más irregular— gracias a su revolucionario concepto de la orquestación y al triunfo de obras como su Sinfonía fantástica [1830], obra que planteó un lenguaje sinfónico avanzado y actualizó el concepto de música programática de acuerdo con la sensibilidad romántica. Retomaremos este asunto en la Unidad 19.
Virtuosismo en el París del Romanticismo
Nacido en Génova, Paganini alcanzó de forma casi autodidacta la extraordinaria habilidad violinística que le dio fama mundial. Entre 1828 y 1834 realizó tumultuosas giras que le llevaron desde Polonia hasta Inglaterra, pasando por Milán, Viena y París. Rodeado de escándalos y de una fama satánica —se decía que había pactado con el diablo—, amasó una ingente fortuna que dilapidó en proyectos descabellados y que empleó también en el mecenazgo de artistas como Berlioz.
Húngaro y formado musicalmente en Viena, Liszt estableció su residencia en París entre 1827 y 1839, antes de iniciar un periodo de nueve años de giras internacionales que le llevaron desde Escocia hasta Turquía y desde España hasta Moscú. Chopin, por su parte, se instaló en París como exiliado, integrándose en la nutrida colonia de exiliados polacos que huyeron tras el aplastamiento ruso de los levantamientos de 1830.
Este movimiento está concebido en forma de rondó y constituye una buena muestra de los artificios técnicos desarrollados por Paganini. Su tema principal («La campanella») fue reutilizado por Liszt en uno de sus estudios pianísticos.
El término lisztomanía (acuñado por Heine) da medida del furor que provocaban los conciertos de Liszt y los episodios de histeria colectiva que despertaron, gracias a la teatralidad del músico y al espectacular virtuosismo exhibido en muchas de sus obras.
Chopin llegó a París en 1831 y, desde entonces hasta su muerte en 1849, conquistó los salones y alcanzó una enorme reputación como músico y profesor. Los nocturnos son piezas de carácter meditativo, generalmente en forma ternaria, con amplias melodías de carácter lírico y elaboradas ornamentaciones.
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Buenas, Felicidades por el trabajo tan importante que haces con este blog! Una cosa, el enlace a la obra de Chopin no funciona. Saludos!
Gracias por el aviso!
Vaya evolución que se nota en el empleo de la música para expresar emociones, comparado con las obras del Barroco tan «matemáticas», luego las del Clasicismo que ya expresan emociones, pero en el Romanticismo las obras son pura poesía expresando lo más profundo del compositor. Cuando escuchas los nocturnos de Chopin piensas que si no hubiese sido músico sería poeta.
Me gusta mucho este periodo porque la música evoluciona a un estilo que refleja bellamente los sentimientos humanos.
A través del análisis del Nocturno op.15/2 de Chopin uno advierte una nueva evolución donde la música cuenta una historia con su introducción, desarrollo y desenlace o final y modifica las formas tradicionales hasta ahora vistas como la sonata, los minuetos, rondos, etc. no tanto en cuanto a estructura sino a intención y emoción, transportando al oyente a un cúmulo de sensaciones. Quizás tenga que ver mi admiración por Chopin desde hace tiempo a la hora de hacer este comentario 🙂
Junto a la Revolución francesa de 1830, aparece un nuevo concepto musical tomando como epicentro la ciudad de París. El teatro musical tendrá su auge en esta época histórica, surgiendo la Gran Ópera como la evolución de la ópera seria, incorporando el teatro italiano, la danza francesa y la orquesta alemana, creando un gran espectáculo. Es curioso ver, que los representantes más importantes de la Gran Ópera fueron extranjeros, como Rossini, Meyerbeer y Halévy. La ópera italiana, en su nueva vertiente el bel canto y la ópera cómica fueron dos de las formas de entretenimiento más exitosas. En 1832 nace el ballet romántico, incorporando una técnica novedosa: el baile de puntas. Paganini, Liszt y Chopin fueron los representantes del virtuisismo instrumental. El piano y el violín, los instrumentos por excelencia. Paganini y Liszt, junto al nuevo movimiento teatral eclipsaron los valores clásicos y se unieron a la gran Revolución vivida en el momento. El Romanticismo nace así, como un nuevo periodo dotado de gran interés social y cultural, un movimiento revolucionario que ensalzará los valores como la libertad y la belleza, a través de cada una de sus vertientes más creativas, como la música, la pintura y la literatura.
La contención y sonoridad clásica da paso a este estallido de sentimiento y virtuosismo que supone el movimiento romántico en París. Las óperas parecen más alejadas del gusto actual que otras de periodos anteriores. De los salones y salas de conciertos, me quedo con las ganas de haber visto a un Paganini o un Chopin tocar en directo.
Muy interesante. Me gusta mucho cómo abordas el contexto socioeconómico y político con los compositores y la música que crearon. Meyerbeer y la Grande Opéra no se comprenden si no se conoce que es la música de y para los burgueses que alcanzan el poder político. El resultado es la mercantilización del arte. Todo tiene su precio y se compra y se vende como una mercancia más. Meyerbeer es la encarnación de ello. Procedía de una familia de insdustriales judíos alemanes y era inmensamente rico. Tuvo gran éxtito con sus óperas y aún se enriqueció más. El rey de la Ópera de París, un burgués que componía al gusto de los burgueses. Mendelssohn, el otro compositor al que Wagner atacó, era hijo de banqueros judíos adinerados. Me pregunto si tanto uno como otro hubieran llegado a triunfar si no hubieran contado con las puertas abiertas debido a la riqueza e influencia del «lobby» judío de entonces, que no solo dominaba la banca y la economía sino también ejercía su influencia en el ámbito artístico. Se confirma el planteamiento marxista de que el arte forma parte de la superestructura ideológica que crean las relaciones socioeconómicas del sistema en cuestión.
saludos.
Perdón. Meyerbeer era hijo de ricos comerciantes y no de industriales.
Me ha parecido realmente bonita e impresionante la Balada de Chopin, en lo personal nunca la había oído y fue muy interesante hacerlo varias veces con la partitura en frente.
Esta unidad me pareció muy interesante, es curioso ver como la música va cambiando al pasar el tiempo para satisfacer los gustos de las nuevas sociedades. La Gran Ópera me pareció un género divertido, era el cine de esa época, también me pareció curioso el dato de que 1832 fuera considerado el año del nacimiento del ballet romántico y que el baile de puntas fuera innovador.