La consolidación de las formas fijas troveras –como el rondeau, la balada o el virelai– a lo largo del siglo XIII se corresponde con un proceso análogo de consolidación de la profesión de músico (ministril) en el París de la misma época. Si tradicionalmente el músico profesional –el juglar– había sido insistentemente demonizado como parásito e incitador de las bajas pasiones, durante este siglo su prestigio social se vio incrementado de forma cualitativa, tanto en las cortes como en las urbes, a través de las estructuras gremiales a cambio de la aceptación de unos códigos de conducta.
La emergencia de la profesión de ministril (paralela a la decadencia de la profesión de juglar) convirtió a este nuevo perfil de músico en el principal difusor de la lírica trovera en las ciudades, fuera de los círculos aristocráticos en los que se movieron principalmente los troveros.