La relación de W. A. Mozart con la fuga cambió radicalmente desde que contactó con el barón van Swieten, a cuya residencia acudió cada domingo entre los años 1782–83 para participar —como viola y compositor— en sus veladas musicales. El barón era un empedernido admirador de la música de Händel y Bach, de quienes poseía una exclusiva colección de partituras obtenida gracias a sus contactos berlineses. La música de Bach —virtualmente desconocida en Viena— causó una profunda impresión en Mozart, quien tuvo ocasión de conocer algunas fugas de El clave bien temperado y El arte de la fuga.
Las enseñanzas derivadas de su estudio se manifestaron muy pronto en la música del salzburgués —por ejemplo, en su Misa en Do menor—, pero alcanzaron su punto culminante en la portentosa fuga doble incluida en su obra final, el Requiem en Re menor K.626.