Coll pertenece a una rara especie de compositores que han alcanzado proyección internacional a una edad temprana, algo cada vez menos frecuente en el exigente ámbito de la creación sinfónica contemporánea, donde el reconocimiento suele llegar tras largos procesos de maduración y consolidación institucional. Su relación con la orquesta se remonta a la infancia, cuando formó parte de la sección de metales en distintas formaciones valencianas. Esa experiencia directa del instrumento y del sonido orquestal marcó de forma duradera su manera de entender la composición. Su primera obra pública fue ya un poema sinfónico, Aqua Cinerea (2005), escrito con diecinueve años. El estreno de esta partitura desencadenó una serie de acontecimientos que culminaron con la invitación del compositor británico Thomas Adès para estudiar con él en Londres, un encuentro decisivo que situó pronto a Coll en el foco internacional y consolidó una escritura profundamente atenta a la dimensión sensorial y temporal del sonido.
En los últimos años, ya convertido en una figura destacada del panorama contemporáneo —con estrenos en escenarios como los BBC Proms, la Elbphilharmonie de Hamburgo o el Carnegie Hall de Nueva York y reconocido en 2025 con el Premio Nacional de Música—, Coll ha abordado con frecuencia el género del concierto en estrecha colaboración con intérpretes de primer nivel. El Concierto para violín (2019) fue escrito para la violinista moldava Patricia Kopatchinskaja; el Concierto para violonchelo (2022), para la argentina Sol Gabetta; y el más reciente Concierto para piano (2025), para el pianista Kirill Gerstein. En todos los casos, estas obras funcionan también como una suerte de retrato musical de sus solistas. El concierto para violín adopta una disposición en tres movimientos cercana al modelo romántico, aunque profundamente reinterpretada desde un lenguaje contemporáneo. Dentro de esta arquitectura, la obra despliega un amplio abanico de procedimientos y referencias que sitúan su discurso en un terreno donde la tradición se conecta y se reinterpreta desde el presente.

Dialéctica y estructura en el Concierto para violín
La obra de Francisco Coll exhibe una notable amplitud de registros estilísticos y expresivos. Entre sus pentagramas coexisten melodías o armonías de fuerte anclaje tonal —que a veces se remiten a fuentes folclóricas específicas, como ocurre con la cantiga sefardí «La rosa enflorece» en su obra de cámara … de voz aceitunada (2010/2023)— con cánones deliberadamente ocultos o estructuras rítmicas evocadoras de complejos cánones de proporciones —como en el tercer movimiento (Fanfare) del Brass Quintet (2019) o en el primero del Piano Trio (2020)—, recreaciones personales de la polifonía renacentista —por ejemplo, en el segundo movimiento (Chorale) del Brass Quintet—, o yuxtaposiciones de carácter casi surrealista —que apuntan directamente a la influencia de Salvador Dalí—. Todos estos —y otros— registros conforman una paleta sonora llena de contrastes, donde la rítmica puede estar sometida a un férreo mecanismo o estar casi desdibujada; en la que las texturas oscilan entre la más cruda aspereza hasta la eufonía más resplandeciente; y en la que lo lírico puede alternar sin solución de continuidad con lo grotesco.
A este ensamblaje de estilos se suma el interés del autor por el diálogo con la tradición —tomada en un sentido amplio del término—, que oscila entre la recreación o cita libre de algún gesto o material particular, hasta la reformulación de problemas formales o compositivos más generales o de mayor calado. Al hablar de su música en entrevistas recogidas por diversos medios, aparecen nombres como los de Bach, Satie, Mahler, Szymanowski, Nancarrow o Lutosławski, entre muchos otros. Ciñéndonos a nuestros intercambios sobre su Concierto para violín, afloran referencias a Alban Berg en relación con determinadas líneas melódicas; a Béla Bartók con respecto al carácter «bárbaro» y la insistencia rítmica del motivo principal del tercer movimiento; a Jean Sibelius en el uso expresivo de la cuerda Sol del violín; a Leoš Janáček en la reiteración insistente de células motívicas; a György Ligeti en el equilibrio entre acumulación caótica y control formal de las masas orquestales; o la de Niccolò Paganini en determinados gestos virtuosísticos en los arpegios del primer movimiento.
El Concierto para violín (2019) presenta diferencias cualitativas respecto a las obras de menor formato del mismo compositor. Mientras que en la música de cámara los movimientos tienden, por lo general, a una mayor homogeneidad estilística, este concierto despliega en cada uno de sus tres movimientos una notable diversidad de registros y procedimientos que, lejos de funcionar de una forma meramente acumulativa, sientan las bases de un discurso marcadamente dialéctico, atravesado por oposiciones internas de distinta naturaleza. La imbricación de materiales de procedencia diversa a lo largo de un arco temporal de estas dimensiones genera indefectiblemente un espacio de significación, no necesariamente narrativo ni programático, pero que incide directamente en la experiencia temporal de la escucha, de manera comparable a lo que sucede en numerosas obras de Ludwig van Beethoven o Gustav Mahler. El distinto grado de relación de estos materiales con la tonalidad —desde acordes y líneas firmemente anclados en ella hasta masas sonoras y gestos completamente desvinculados de ella, pasando por zonas intermedias de inequívoco sabor bergiano— constituye, como veremos, un factor dialéctico de primer orden. No obstante, nuestro análisis situará en primer plano la dialéctica del tiempo, que parece organizar el discurso en un nivel más profundo, partiendo de procesos como la aceleración y la deceleración, y de cualidades como la fugacidad, el vértigo y el éxtasis.

En efecto, esta tensión temporal se manifiesta con particular claridad si atendemos a los extremos agógicos de la obra. De forma significativa, el concierto se abre con un gesto que condensa en una fracción de segundo la introducción orquestal del Concierto para violín de Beethoven. Frente a este ejemplo extremo de aceleración, hacia la mitad del segundo movimiento aparece un episodio en el que el tiempo parece detenerse, dilatándose hasta rozar la inmovilidad. Entre ambos polos, el concierto en su conjunto puede entenderse como una gran forma en arco: una deceleración progresiva en el primer movimiento (I. Atomised) y una aceleración implacable en el tercero (III. Phase), que enmarcan al movimiento central (II. Hyperhymnia) como espacio de suspensión temporal y núcleo estructural de la obra.
La relación entre aceleración y deceleración desempeña, asimismo, un papel central en la configuración interna de cada uno de los movimientos. En el primero, la irrupción de una extática melodía de claras resonancias tonales actúa como fuerza ralentizadora que frena reiteradamente el impulso del nervioso motivo inicial. Algo análogo ocurre en la transición entre el segundo y el tercer movimiento: al final de la cadenza, la orquesta se apropia de un motivo apenas esbozado por el solista y lo transforma en el motor brutal del Finale, imponiendo una violenta aceleración a la que el solista parece resistirse hasta ser finalmente arrastrado por ella.
El movimiento central —el verdadero núcleo de la obra— articula estos contrastes mediante figuras aún más variadas y sugestivas. Se abre con un episodio orquestal luminoso que el propio Coll vincula explícitamente con el Venusberg de Tannhäuser de Wagner, aunque su atmósfera mística y suspendida permite relacionarlo igualmente con el inicio de Lohengrin o con la música del Grial de Parsifal. Frente a este luminoso episodio, el movimiento contrapone el desarrollo de una pieza para violín solo del propio compositor, Hyperlude IV (2014), de carácter infinitamente más tortuoso. La confrontación entre ambos materiales —la iridiscencia del Venusberg y el atormentado discurso solista— genera un marco de poderosas resonancias simbólicas, arraigadas en imaginarios culturales con fuertes connotaciones teológicas, como los que articulan la Divina Comedia de Dante o El paraíso perdido de Milton. Figuras como la caída, la expiación o la búsqueda de un ideal irrecuperable —que detallaremos más abajo— no funcionan necesariamente como alegorías cerradas, pero sí se aproximan a unas referencias culturales que permiten proyectar una experiencia musical esencialmente abstracta —surgida de la tensión entre materiales y de su proyección en el tiempo— en narrativas concretas, sustentadas todas ellas en estructuras formalmente análogas.
Desde este punto de vista, la obra parece actualizar el mito de Cronos devorando a sus hijos: una alegoría del tiempo contemporáneo, que consume lo que produce con la misma inmediatez. La aceleración de la vida actual, la saturación informativa y la fugacidad del contenido encuentran aquí un reflejo simbólico en la accidentada travesía del violín solista a lo largo de un espacio pleno de contrastes y de guiños retóricos, frente al cual el concierto puede leerse como una reivindicación del tiempo pausado, atento y concentrado, y, en un plano más amplio, de la búsqueda de un espacio interior frente al ruido del tiempo exterior.
Francisco Coll – Concierto para violín (II. Hyperhymnia) [2019]. vídeo promocional de la grabación realizada dirigida por Gustavo Gimeno y protagonizada por Patricia Kotpanchinskaja.
I. Atomised
Francisco Coll – Concierto para violín (I. Atomised) [2019].
El primer movimiento de este concierto para violín presenta una estructura global que podemos describir como AB A’B’ A»B», en la que cada nuevo bloque AB es sensiblemente más breve que el anterior, y en el que las secciones A se caracterizan por la presencia de un motivo musical rápido y nervioso y las B por el despliegue de un lírico solo de reminiscencias tonales.
| Nº de ensayo | Sección | Extensión [cc. (m:s)] |
|---|---|---|
| Inicio | A | cc. 1-41 (1:30) |
| E | B | cc. 42-103 (2:25) |
| J | A’ | cc. 104-127 (0:45) |
| M | B’ | cc. 128-134 (0:20) |
| N | A» | cc. 135-155 (0:48) |
| Q | B» | cc.156-169 (0:54) |
El concierto se abre con un fugaz gesto de apertura en glissandi de la cuerda, reminiscente del que abre el acto I de Wozzeck de Alban Berg. El brevísimo gesto encierra, sin embargo, una referencia al concierto de violín de Beethoven, dado que incluye todas las notas —a modo de cluster armónico— de la introducción orquestal del primer movimiento de esta obra. Mientras en Beethoven esta introducción tiene una duración de unos 4 minutos, en el concierto de Coll dura menos de un segundo, como «un guiño trágico a nuestra era de la velocidad y lo instantáneo». La confluencia de los glissandi de los violines y las violas en la nota Re puede entenderse también como una referencia a este movimiento beethoveniano, escrito en la tonalidad de Re mayor.

Pasado este primer gesto, la primera sección de este movimiento está presidida por rápidas figuras que la parte solista irradia al resto de la orquesta. Estas figuras, cada vez más extensas y desarrolladas, siguen de forma flexible un cierto patrón: encontramos en muchas de ellas un núcleo motívico formado por las notas La–Si–Si♭–Do, que a veces se prolonga con notas adicionales agudas. Los incisos iniciales de estas figuras están formados, a su vez, por líneas ascendentes irregulares que en cada nueva aparición son más largas y densas. Ese ascenso, que al principio es muy breve (Re–Mi♭), y que tiene como eje el tritono La♭–Re, se va llenando de notas hasta formar una línea cromática que se expande tanto hacia el registro grave como hacia el agudo.

La parte orquestal se compone de diversos tipos de recomposiciones de la parte solista. Por un lado, los instrumentos de ataque y envolvente fija (como el piano, el arpa, el glockenspiel o los crótalos) realizan una imitación de la parte solista que podríamos caracterizar como «puntillista», destacando solo algunas de sus notas, envolviéndola, de este modo, de una luminosa resonancia. Por otro lado, las maderas y las cuerdas reproducen células enteras de la parte solista, a veces formando breves y fugaces cánones en estrecho.

Durante esta primera sección, que apenas dura un minuto y medio, la parte solista evoluciona hacia formas melódicas más libres que incluyen, entre otros efectos, rápidos pasajes en arpeggiato o figuraciones escalonadas de diverso tipo. Del mismo modo, la orquesta incorpora violentas interjecciones, hasta que un amplio acorde de Do menor se despliega por toda la orquesta desde el registro grave hasta el agudo, coincidiendo con la detención del solista en la cuerda al aire de Sol y dando paso a la sección B.
Durante los primeros compases de la sección B (letra de ensayo E), solista y orquesta ralentizan su actividad. Sus intervenciones, congeladas por efecto del acorde de Do menor, se limitan momentáneamente a colorearlo con distintos parciales armónicos, provocando iridiscentes efectos. La línea del violín adquiere progresivamente contornos más definidos hasta configurar una melodía en Do menor de un raro lirismo, que transita de forma imperceptible por las regiones de La menor (trompa II) y Do sostenido menor (violas, violín solista) en un permanente juego de espejos en el que motivos o notas aisladas se reflejan aquí y allá generando una textura transparente y resonante como un cristal tallado.

Un solo de clarinete (letra de ensayo J) introduce suavemente el motivo de la sección A, propulsando una rápida transición a la sección A’ (letra de ensayo K), que se inicia con un golpe orquestal en fffff. El violín solista y la orquesta recuperan las figuraciones características de la sección A, aunque ahora aparecen bañadas por un macro acorde de Do «acústico», que incluye los armónicos 7 y 11 —Si bemol y Fa sostenido, respectivamente— característicos de la serie de armónicos naturales, y que recorre toda la cuerda en dinámicas entre pppp y p, desde los contrabajos hasta los violines primeros, hasta que el violín solista arrastra a la orquesta a un nuevo golpe orquestal (letra de ensayo M) que pone punto final a esta sección. La sección B», muy breve, es apenas un apunte de la melodía B, enunciado por el solista en la región de Re menor sobre el acorde de Do, que persiste aún en la cuerda.
Un nuevo golpe orquestal abre la sección A» (letra de ensayo N), que está planificada como un crescendo conclusivo, con el solista acompañado inicialmente de los cencerros en Fa y La, y ampliando después la paleta orquestal al xilófono, el arpa y la cuerda, incorporando después a los metales en feroces frullati. Al llegar la sección B», la melodía lírica reaparece en el violín solista casi desmaterializada, sugiriendo apenas la región de Fa# menor, antes de que los violines I y II la enuncien una última vez, en un último aliento, en la región de Si bemol.

II. Hyperhymnia
Francisco Coll – Concierto para violín (II. Hyperhymnia) [2019].
El segundo movimiento comienza con una «alusión del motivo del Venusberg de Wagner y su Tannhäuser», un extático motivo en el ámbito de Mi mayor en el registro agudo de la cuerda que guarda también alguna similitud con el célebre inicio del Preludio de Lohengrin. Las referencias wagnerianas del motivo —en particular, a dos de sus óperas de temática cristiana— y la misma sonoridad ultraterrena producida por la cuerda en divisi en registro agudo confieren a este motivo una dimensión mística y trascendente. El motivo del Venusberg (al que nos referiremos ahora como motivo v1) es uno de los principales materiales del movimiento central del concierto: no solo será reexpuesto de forma literal hacia su mitad (aunque en el ámbito de Si bemol mayor), sino que también es el origen de un motivo más incisivo y concentrado (v2) que jugará un importante rol en los solos.

Tras la exposición de este material, la primera sección del movimiento lento continúa con un solo del violín que despliega una melodía de rasgos muy similares a la melodía central del primer movimiento (letra de ensayo R): una línea definida y cantable, ocasionalmente coloreada con armónicos y dobles cuerdas, y que también se inscribe en un centro tonal definido, esta vez La menor. La similitud entre las melodías de ambos movimientos se extiende a algunos gestos específicos, como el que denominaremos «lamento» (notas Sol-Sib-Lab-Sol en su primera enunciación).
El hecho de que esta figura —inserta en el interior de la melodía del primer movimiento— aparezca ahora al inicio de la del segundo, sugiere una cierta continuidad: después de los constantes atropellos a los que el tema lírico había sido sometido por el motivo nervioso y acelerado del primer movimiento, aquí, en el segundo movimiento, ese lirismo encuentra por fin un espacio para desplegarse sin interferencias. Pese a estos paralelismos, la nueva melodía se distingue de su predecesora por el uso de intervalos más cerrados y notas más largas cuya métrica —aunque escrita con precisión— sugiere más bien un ritmo libre, en consonancia con la indicación lontano ma espressivo que la acompaña, como situándola en un más allá inalcanzable.

Al finalizar el solo, el motivo del Venusberg comienza a sugerirse de nuevo en los violines (letra de ensayo T), pero la cuerda grave aborta rápidamente esta recapitulación con rápidas escalas cromáticas ascendentes que acaban por enrarecer la atmósfera hasta hacerla impracticable. A continuación se abre paso un nuevo solo, construido como elaboración —o autocita— del Hyperlude IV. La cita de esta pieza —escrita para violín solo— responde en buena medida a un detalle biográfico: el compositor la incorporó después de escuchar a Patricia Kopatchinskaja interpretarla el mismo día en que se conocieron. El Hyperlude IV contiene al menos tres motivos destacados, uno de ellos (al que llamaremos h1) está basado en un conjunto de alturas cerrado —en su primera enunciación, La♭-La-Si♭-Si— muy similar al «núcleo» del motivo principal del primer movimiento, y que se despliega haciendo uso de intervalos de séptima y novena. El propio compositor confirma esta afinidad señalando que su inclinación por invertir segundas en séptimas o novenas procede directamente de Berg, a quien se refiere como «un amor de adolescencia». El segundo motivo principal (h2) es una célula de tres notas, y el tercero (h3) tiene la apariencia de un ascenso desde la dominante hasta la tónica a través de una apoyatura (La menor, en el segmento seleccionado en el ejemplo).
Francisco Coll – Hyperlude IV para violín solo [2015].

El solo se desarrolla en un sostenido crescendo hasta que un violento acorde orquestal (c. 41) provoca una estrepitosa caída del solista al registro grave en un dramático y amplio glissando, poniendo fin a esta ensoñación en lo que podríamos considerar una alegoría musical del ángel caído tras un arduo ascenso. En efecto, el solo comienza desde el registro grave, elaborando el motivo h1, y asciende de forma paulatina y tortuosa hacia el agudo. La textura que la acompaña se organiza en dos planos: una densa y lenta polifonía de la cuerda en divisi que, avanzando en sucesivas ondas desde el registro grave hasta el agudo, genera una materia sonora amorfa y fluctuante, cuyo carácter fantasmagórico se acentúa con la entrada de la trompa en contrapunto con el violín. Hacia el final del solo, el motivo h3 adquiere cada vez mayor protagonismo hasta desembocar en un tutti orquestal de rasgos inequívocamente bergianos, construido a partir de un segundo segmento del Hyperlude IV y puntuado mediante lacerantes intervenciones de metales y maderas.
El bloque que se inicia en la letra de ensayo Y (5:22) hasta aproximadamente B1 (7:17) es quizá el momento más poético del concierto. Comienza con el motivo del Venusberg en el solista, que en su forma condensada (v2) presenta un carácter angustiado y apremiante, como si el Venusberg se hubiera desvanecido y solo quedara su recuerdo. La cuerda comienza a desplegar un denso y poético contrapunto a cámara lenta a partir de distintos motivos del Hyperlude IV en un nuevo crescendo intensificado por angulosas intervenciones del violín solista que culmina con una nueva invocación del solista al Venusberg desaparecido (v2).
El tiempo se ralentiza en un pppp lontano en el que la cuerda despliega lentamente un acorde de novena de dominante con novena menor sobre Mi tan espaciado que su sonoridad resulta casi irreconocible, y es entonces cuando vuelve a resplandecer el motivo original del Venusberg (v1), esta vez en Si bemol mayor. La quietud del momento se desvanece en el c. 143 (7:40), cuando el solista introduce de nuevo los nerviosos motivos del Hyperlude IV mientras aún resuenan los ecos del Venusberg. La resistencia del violín solista al influjo del Venusberg parece vana, pues tras imponerse en la orquesta la fundamental Si bemol [08:06] desde los contrabajos, el solista vuelve a entonar el motivo suplicante del Venusberg (v2).
Se alcanza entonces el punto en el que el tiempo parece quedar radicalmente suspendido (letra de ensayo D1, 08:18). El episodio, confiado a la cuerda y al violín solista —con apenas intervenciones puntuales del contrafagot y el arpa—, desarrolla una textura espacializada en ppp, sostenida por movimientos escalonados y extremadamente lentos de las cuerdas en divisi. Su sonoridad evoca los clústeres dilatados de Central Park in the Dark de Ives, aunque en las voces extremas pueden reconocerse, casi disueltas por la lentitud, algunas líneas características del comienzo de Tristán und Isolde.

En continuidad con el episodio anterior, violas y violonchelos introducen desde el c. 167, ya a velocidad normal, un soliloquio derivado del Hyperlude IV que empieza a perfilarse sobre un fondo aún estático y en ppp, pero que poco a poco se anima con la incorporación progresiva de otras familias instrumentales y de figuraciones más móviles. En el c. 178, la entrada de los violines I en el registro sobreagudo (10:00) aporta un contrapunto a la línea de violas y violonchelos y empuja las dinámicas hacia un crescendo que culmina poco después en un acorde fff.
Tras el estallido anterior, el violín reaparece (10:26) para conducir la música hacia la última sección del movimiento, de naturaleza recapitulatoria, pero en la que los temas principales se verán sometidos a intensas distorsiones. La línea del solista se construye a partir de retazos de los tres elementos temáticos del movimiento —Venusberg, la melodía lírica y Hyperlude IV— que, después de un breve diálogo con la trompa, es apostillado por interjecciones orquestales de distinta naturaleza. A partir del c. 205 (11:12), un escalofriante tutti sitúa a los violines I en el registro sobreagudo, trazando una melodía comprimida en una tesitura mínima que desfigura hasta volver irreconocibles los gestos del motivo Venusberg. Más adelante, ya en el registro grave y central (c. 214, 11:48), toda la cuerda —salvo los contrabajos— inicia una violinata articulada a partir de los intervalos de séptima y novena característicos de Hyperhymnia —ahora distorsionados mediante ostentosos portamentos—, coloreada de forma puntillista por las distintas secciones de la orquesta.
La nueva entrada del violín solista, aún interrumpida por acordes violentos, conduce a la cadenza, que significativamente gravita entre tres polos: el Si♭ inicial (c. 223), el Mi (c. 234) y el regreso al Si♭ grave (c. 281), verdaderos centros tonales del movimiento. La cadenza describe un arco que va desde el carácter lineal y el estrecho registro de sus extremos —sobreagudo al inicio y grave al final— hasta las texturas más quebradas y expansivas de la sección central, con arpeggiatos extremos y dobles o triples cuerdas a grandes distancias interválicas.
Los compases finales quedan suspendidos sobre dos notas insistentes (Sib y Re♭) que articularán el motivo principal del movimiento final, al que desemboca sin solución de continuidad. Este gesto —más estructural que temático— funciona además como un discreto guiño al Concierto para piano nº 5 de Beethoven, cuyos compases previos al ataque, también en attacca, del Rondó final se sostienen igualmente sobre una insistencia que prepara el impulso conclusivo.

III. Phase
Francisco Coll – Concierto para violín (III. Phase) [2019].
El tercer movimiento del concierto se inicia con la violenta irrupción de la orquesta en la cadenza solista mediante un tutti de carácter deliberadamente «bárbaro». El carácter primario de este tema infunde al movimiento un cierto aire de rondó, aunque en un sentido muy alejado del modelo clásico. En este caso, la noción de «rondó» remite más bien a la irrupción brutal del Tambor mayor al final del acto II de Wozzeck que a cualquier idea de gracia o ligereza formal. Este carácter queda además subrayado por la orquestación —que incluye el sonido de los cencerros y otros instrumentos de percusión, así como un desgarrado y lentísimo portamento descendente del trombón— y por la obstinada insistencia en un conjunto de solo dos notas, Si bemol y Re bemol.

El motivo de dos notas había sido insinuado por el solista de forma tímida y casi desganada en los compases finales de la cadenza precedente. Sin embargo, ese mínimo germen es inmediatamente apropiado por la orquesta y convertido en un gesto brutal, configurado mediante una métrica «irracional» que el propio compositor reconoce como una obsesión que le persiguió durante años («intenté deshacer de ello en un par de compases de mi obra Mural pero no lo conseguí»), hasta su incorporación como tema articulador de un movimiento entero en este concierto.

Pese a la violencia de esta entrada, la irrupción orquestal no pone fin a la cadenza, dado que el violín aún desplegará sus solos frente a una orquesta que, solo poco a poco, irá ganando protagonismo. Durante la primera mitad de este movimiento, el violín esquivará el motivo bárbaro que él mismo ha suscitado, pero que la orquesta ha deformado y amplificado hasta convertirlo en algo casi aterrador. El rol del violín se asemeja al de Orfeo intentando aplacar a la bestia que acaba de despertar, invocando episodios que sugieren una recapitulación de los principales motivos del concierto —la línea «bergiana» de séptimas y novenas del violín, últimas y desesperadas alusiones al motivo del Venusberg (L1), la armonía de Do «acústico» en la cuerda (P1), ecos casi irreconocibles del Hyperlude IV—. La mayor parte de los gestos del violín provocan dispares reacciones en la orquesta; desde violentas reacciones —principalmente desde la percusión— hasta solidarios ecos —especialmente entre los violines primeros— en forma de líneas diatónicas (N1 en Do mayor, Q1 en Fa menor), reminiscentes de las melodías líricas de los movimientos precedentes, de intervenciones que completan los gestos melódicos del solista (O1), o de sugerencia de regiones tonales congeladas en el tiempo (W1, Mi bemol menor).
La segunda entrada del tema «bárbaro» (Y1) fuerza al violín a asumir finalmente ese motivo, que entona al principio casi de forma desencajada. El motivo bárbaro se expande entonces por todas las secciones de la orquesta en una atmósfera orgiástica y saturada: glissandi masivos de la cuerda, efectos incisivos de la percusión, cascadas de maderas y metales que suenan como risas descompuestas, y una sensación de pérdida total de control. El movimiento —y el concierto— se cierran abruptamente con un acorde formado por las notas La–Si–Si♭–Do —las notas-eje de la primera ráfaga violinística del concierto—, que pone fin de manera seca y brutal a esta espiral de energía.
Notas finales
Como punto final, conviene recordar que este análisis no pretende agotar las posibilidades de interpretación de la obra. La reaparición, en el acorde conclusivo, del conjunto La–Si–Si♭–Do —presentado al inicio como núcleo generador— sugiere una lógica interna que trasciende la mera simetría formal. La posible relación de estas alturas con procedimientos interválicos de filiación bergiana, su coincidencia con configuraciones como el anagrama BACH o la insistencia en polos como Si♭ y Mi a lo largo del concierto abren líneas de investigación que aquí solo han podido esbozarse. Un examen más detenido de estas conexiones podría arrojar nueva luz sobre la arquitectura de la obra.
Si este análisis ha insistido en la dialéctica del tiempo —aceleraciones, detenciones, vértigo y éxtasis— ha sido con la intención de ofrecer al oyente un posible recorrido: una invitación a escuchar con atención y a atravesar la eventual impresión inicial de aspereza que la obra puede suscitar. Más allá de las consideraciones estrictamente técnicas, el propósito principal ha sido señalar algunos de los elementos que sostienen su fuerza comunicativa y explican la organicidad de su escucha, un tejido complejo que se revela con mayor claridad en cada nueva audición.
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