Bostezos y ronquidos constituyen —junto con estornudos y politonos de móvil— un elemento sonoro inseparable del musical en salas de concierto y coliseos operísticos del siglo XXI (al menos, de los españoles).
En este artículo —publicado en 2010 en la revista Audioclásica con el título «Una brizna de eternidad»— evitaremos, por una vez, condenar la felonía estética de nuestros ruidosos e insensibles compañeros de asiento para dirigir el dedo acusador hacia aquellas obras que, desafiando los límites de la paciencia humana, aspiran a alcanzar una brizna de eternidad.