Espina dorsal del nacionalismo musical ruso, el genio de Nikolái Rimski-Kórsakov (1844-1908) continúa hoy relativamente oculto tras el enorme perfil de algunos de sus compañeros de generación. Camarada de Balakirev, Músorgsky y Borodin, amigo de Chaikovski y maestro entre otros de Glazunov, Stravinski y Prokófiev, Rimski-Kórsakov constituye el nexo viviente entre dos brillantísimas edades de la música rusa.
Pese a la magnitud de su legado y a su reconocido talento como orquestador, es tomado frecuentemente por un compositor superficial cuyos principales éxitos (Scheherazade, la Canción India de Sadko o el Capricho español) se debieran únicamente a la eficaz explotación de un exotismo decadente típicamente decimonónico. Lejos de esta imagen, Rimski-Kórsakov demuestra en su obra un desapego por las formas y valores estéticos de su tiempo que lo aproximan más a otros artistas de cambio de siglo como Janáček, Mahler o Debussy.