El Adagio de Albinoni[1], el Ave Maria de Caccini[2] o las piezas para violín de compositores antiguos —Boccherini, Porpora, Martini, Couperin o Pugnani, entre otros muchos— «desempolvadas» por el virtuoso Fritz Kreisler[3] a comienzos del siglo XX pertenecen a esa inefable categoría de obras apócrifas que alcanzaron una notabilísima proyección gracias al insospechado encaje entre el afán defraudador de sus autores y la afición del gran público por el kitsch de anticuario, hasta el punto de convertirse a menudo en la única obra conocida de «su» autor.
En este artículo trazaremos un breve recorrido histórico de estos fraudes musicológicos, desde los orígenes de la musicología francesa moderna, y su imbricación con los movimientos románticos de renovación de la música litúrgica, entre los que puede incluirse la singular Pequeña Misa Solemne [1863] de Rossini.