Los himnos ambrosianos —llamados así en referencia a su autor, Ambrosio, obispo de Milán — contribuyeron más que ningún otro himno precedente a la incorporación de este particular género a la liturgia cristiana de Occidente a partir del siglo IV.
Estos himnos fueron escritos con un claro propósito propagandístico en contra del arrianismo —herejía por entonces auspiciada por la emperatriz Justina — en un conflicto que tuvo como epicentro a Milán, ciudad del norte de Italia convertida en la capital del Imperio Romano de Occidente desde finales del siglo III por la decadencia de la metrópoli.