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Unidad 31 – Modernismo y Realismo socialista en la URSS

stalin

El ascenso al poder de los bolcheviques de Lenin tras la Revolución de Octubre de 1917 abrió en Rusia un periodo convulso pero cargado de esperanzas. Durante el periodo posrevolucionario, la necesidad de los bolcheviques de buscar alianzas dentro de la sociedad rusa condujo en 1921 a un retorno parcial a la economía de mercado que, unido a una serie de reformas -agraria, alfabetización- reactivó la economía propiciando un renacimiento cultural en las grandes ciudades.

El giro dado a la economía planificada en 1928, así como el desencadenamiento del terror a partir de la Gran Purga de 1936, señalaron un drástico cambio de rumbo en la Unión Soviética que tendría también un decisivo efecto en el terreno artístico y musical.

Unidad 31 — Modernismo y Realismo socialista en la URSS
Presentación Genially
Unidad 31. Modernismo y Realismo socialista en la URSS

Modernismo y exilio

Cartel del film El hombre de la cámara [1929], film futurista de Dziga Vertov
Cartel del film El hombre de la cámara [1929], film futurista de Dziga Vertov

Los años inmediatamente posteriores a la revolución vivieron la clausura de determinadas instituciones culturales zaristas -como la Academia Imperial de las Artes– y su sustitución por otras como el Vjutemás -enseñanzas artísticas superiores-, el Narkompros -alfabetización y educación- o el Prolekult -federación de asociaciones vanguardistas locales-, que se convirtieron en distinta medida en centros difusores de movimientos modernistas como el constructivismo, el racionalismo o el suprematismo. Los artistas modernistas rusos asumieron su misión como una extensión en el ámbito cultural de la revolución bolchevique, entendida ésta como la supresión de los vestigios del «decadente arte burgués» heredado del zarismo y su reemplazo por un arte nuevo, moderno y proletario que aprovecharía el potencial democratizador ofrecido por nuevos medios, como las artes gráficas o el cine.

Las instituciones musicales imperiales (como los conservatorios de San Petersburgo o Moscú, o los teatros Mariinsky y Bolshoi) mantuvieron su actividad sin excesivos sobresaltos tras los perceptivos cambios en sus denominaciones oficiales y cuadros directivos.

En el ámbito más específicamente creativo, dos asociaciones de compositores fundadas en 1923 -la Asociación Rusa de Música Contemporánea y la Asociación Rusa de Músicos Proletarios– apuntaron en direcciones enfrentadas: La primera hacia un vanguardismo de carácter internacional, la segunda hacia un arte musical sencillo y altamente politizado.

La rica y variada vida cultural de las grandes urbes propició el desarrollo de una variedad de lenguajes musicales avanzados en sintonía con las corrientes modernistas europeas. La otra cara de la escena musical soviética de estos años la ofrece el exilio de una significativa nómina de músicos que incluye a compositores como Serguéi Rajmáninov o Igor Stravinski o legendarios intérpretes como Jascha Heifetz y Vladimir Horowitz.

El modernismo musical soviético de los años 20 y primera mitad de los 30 encontró su epítome en «jazz bolchevique» de Sergei Prokofiev, el experimentalismo microtonal de Ivan Wyschnegradsky, las fantasías maquinistas de Aleksander Mosolov, o las «pornofonías» de Dmitri Shostakóvich. Las obras más significativas de esta nueva escena musical llegaron a las salas de concierto y de ópera de Europa y los EE UU, como manifiesto cultural de la joven, dinámica e igualitaria sociedad soviética.


El modernismo soviético antes de 1936

Prokofiev acordó con las autoridades soviéticas los términos para desarrollar su carrera como pianista y compositor en los EE UU y Europa -desde 1918 hasta 1933- sin ser considerado desertor. La ópera El amor de las tres naranjas se estrenó en Chicago, donde fue saludada por la crítica como «jazz bolchevique».

El culto a la industrialización promovida por la propaganda soviética encontró su referente musical más palpable en obras de estética maquinista como el ballet Acero de Mosolov. Esta obra -estrenada en un concierto organizado por la Asociación Rusa de Música Contemporánea– sigue la égida maquinista trazada por el poema sinfónico Pacific 231 de Arthur Honegger [1923], miembro del Grupo de los Seis. Su número más destacado –La fundición de acero– alcanzó pronto difusión internacional independizándose de la obra completa.

Shostakóvich se convirtió desde el estreno de su Sinfonía nº1 [1926] en la gran promesa de la música soviética. Tras la ópera atonal La nariz [1930] -vilipendiada por la Asociación Rusa de Músicos Proletarios-, Shostakóvich alcanzó un gran éxito en varias ciudades soviéticas con Lady Macbeth. La ópera -calificada como «pornofonía» en su estreno neoyorquino de 1935- fue presenciada con desagrado por Stalin al año siguiente. La publicación -dos días después de este incidente- de una demoledora crítica en el diario Pravda, convirtió de la noche a la mañana al compositor en «enemigo del pueblo» y señaló un punto de inflexión en la tolerancia del modernismo musical por parte del régimen.

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El amor de las tres naranjas — Acto II · Marcha [1921]
Ópera que combina un argumento tomado de la comedia del arte italiana con la tradición de la ópera fantástica rusa korsakoviana, envuelta en un lenguaje musical de colorido francés y resonancias orquestales ravelianas.
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Acero — n.º 1 La fundición de acero [1927]
En este número, la orquesta describe el estruendo de una fábrica mediante una densa combinación de ostinatos percusivos, sobre los que planea el tema principal en las trompas.
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La violencia y el contenido sexual de la obra se recrean mediante un lenguaje musical modernista, conectado con el expresionismo centroeuropeo y atravesado por un sarcasmo típicamente ruso.

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Dmitri Shostakóvich – Lady Macbeth de Mtsensk [1934] – Escena de la violación.

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El Realismo socialista

Rosas para Stalin [1949], de Boris Vladimirski.
Rosas para Stalin [1949], de Boris Vladimirski.

El año 1932 supuso un giro en la política cultural soviética que apuntó hacia la proscripción de las vanguardias -englobadas ahora dentro del «formalismo burgués» de las democracias occidentales- en la literatura y las artes. En el ámbito musical, este giro supuso la clausura inmediata de la Asociación Rusa de Música Contemporánea y la Asociación Rusa de Músicos Proletarios y su sustitución por un Sindicato de Compositores Soviéticos controlado directamente desde el Ministerio de Cultura. También supuso el veto a la nueva música extranjera y el consiguiente aislamiento de la música soviética con respecto a las corrientes internacionales.

La dificultad de establecer criterios estéticos objetivos en el ámbito musical -dado el carácter no representativo de la música- retrasó la toma de medidas concretas para el establecimiento de una doctrina estética oficial, hasta que en 1936 el diario Pravda -periódico oficial del PCUS– arremetió contra una ópera –Lady Macbeth de Mtsensk– de uno de los compositores hasta entonces mimados del régimen, Dmitri Shostakóvich. La caída en desgracia de Shostakóvich coincidió con los primeros pasos de la campaña represiva conocida como Gran Purga, que acabó con la vida de más de un millón de rusos -incluyendo unos 1.500 intelectuales y artistas- e instauró un clima de terror que coartó cualquier nuevo intento de vanguardismo.

La doctrina oficial del Realismo socialista -tal como se había definido para las artes literarias y plásticas- exigía a los artistas transmitir de forma positiva y amable los valores de las clases trabajadoras y del estado soviético, normalmente mediante la exaltación e idealización de sus gentes y de sus líderes. En el ámbito musical, el Realismo socialista acabó por forzar a los compositores a retornar a los cánones del sinfonismo ruso y la exaltación del folclore característicos del siglo anterior.

La invasión nazi de la URSS en 1941 indujo una cierta relajación de la represión política y cultural, en aras de una alianza entre el estado y los artistas necesaria para elevar la moral de la nación y ofrecer una imagen victoriosa en el exterior en tiempos de guerra. Esta alianza produjo resultados de gran impacto propagandístico, como la Sinfonía nº7 «Leningrado» de Shostakóvich -adoptada internacionalmente como símbolo de resistencia a la barbarie nazi- o la ópera Guerra y paz [1945] de Prokofiev.

Sin embargo, la intensificación de la Guerra Fría inspiró a los dirigentes soviéticos una nueva y humillante llamada de atención contra destacados compositores -como Prokofiev, Shostakóvich o Jachaturian– a través del llamado decreto Zhdanov [1948], orientado a afianzar las credenciales del Realismo socialista frente a la tentación cosmopolita que pudo sugerir la alianza soviética con las potencias occidentales durante la II Guerra Mundial. Las condenas emitidas por las autoridades culturales estalinistas tuvieron un claro propósito ejemplarizante. Este propósito explica que fueran dirigidas sistemáticamente contra los compositores soviéticos más brillantes, los mismos que después fueron utilizados por el régimen -gracias a su prestigio internacional- como escaparate cultural frente a Occidente.


El realismo socialista en la música

Shostakóvich es considerado el último gran compositor de sinfonías, con un total de quince. La condena de Shostakóvich lanzada en 1936 desde el diario Pravda puso al compositor en una situación de extremo riesgo personal y familiar, que evitó dando un giro drástico a su producción sinfónica a partir de la Sinfonía nº5. En su producción alternan, en un tenso equilibrio, obras propagandísticas instigadas por las autoridades soviéticas junto con otras que, bajo un manto aparentemente tardo romántico, exploran un universo expresivo lóbrego y opresivo.

El ballet Romeo y Julieta de Prokofiev fue rechazado en 1935 por la compañía de ballet del teatro Bolshoi por miedo al clima de persecución cultural desatado por las autoridades soviéticas. El compositor optó por estrenar la obra en Checoslovaquia en 1938. Posteriormente se convertiría en un emblema de la música soviética.

Un caso semejante lo ofrece el ballet Espartaco de Khachaturian. La que se ha convertido con posteridad en una obra referencial del Realismo socialista -tanto por su temática -la rebelión de los esclavos liderada por Espartaco– como por lo accesible de su lenguaje musical- debió sortear numerosos encuentros con la censura soviética antes de ver la luz en el teatro Mariinsky en 1956.

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Romeo y Julieta — Danza de los caballeros [1938]
Ballet heredero de la tradición chaikovskyana, estrenado finalmente en 1940 en el Teatro Mariinski. Se convirtió rápidamente en una obra de repertorio de las grandes compañías internacionales.
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Este célebre documental reúne testimonios de primera mano de personas que conocieron a Shostakóvich, junto con apuntes procedentes de las memorias apócrifas del compositor publicadas en 1979 por Solomon Volkov.
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Ballet épico de grandes escenas de masas y coreografías de fuerte energía. Jachaturián desarrolló un lenguaje musical intensamente coloreado por ritmos y melodías folclóricas, con un perceptible influjo norteamericano.

Serguéi Prokófiev – Romeo y Julieta – Acto I, nº13 Danza de los caballeros [1938].

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Dmitri Shostakóvich – Sinfonía nº5 – 1. Moderato [1937].

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Aram Jachaturián – Espartaco – Acto II – Danza de las doncellas gaditanas [1956].

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De la Guerra Fría a la Perestroika

Histórico viaje de Ígor Stravinski a la Unión Soviética en 1962.

Con la muerte de Stalin en 1953, las persecuciones políticas y artísticas soviéticas se relajaron de forma cualitativa. La fundación en 1956 del festival de música contemporánea Otoño de Varsovia abrió lentamente la Europa del Este al contacto con las vanguardias occidentales, convirtiendo la práctica de la atonalidad y el dodecafonismo en una demostración de libertad e independencia entre los jóvenes compositores. Pese a ello, los distintos estados pertenecientes a la órbita soviética –a través de sus respectivos Sindicatos de Compositores– continuaron condicionando la vida musical.

Uno de los rasgos que caracterizó la política musical tras el telón de acero fue el patrocinio estatal de la música clásica, a través de la formación de grandes intérpretes –como el violinista David Oistraj, el pianista Sviatoslav Richter o el chelista Mstislav Rostropóvich– y el sostenimiento de grandes orquestas y compañías de ópera y ballet, explotados intensivamente por la propaganda oficial. Este espacio político permaneció sustancialmente aislado musicalmente con respecto a Occidente, desde a sus vanguardias hasta sus músicas populares. Si en el caso de estas últimas los regímenes comunistas permitieron un tímido desarrollo local del jazz y del pop juvenil, el subvencionadísimo ámbito de la música clásica encontró resquicios para el desarrollo de propuestas innovadoras que provocaron reprimendas oficiales que pusieron en peligro la continuidad de las carreras artísticas de los compositores o intérpretes afectados por ellas.

El aislamiento musical soviético no solo permitió que la música clásica permaneciera durante más tiempo que en Occidente en el centro de la vida musical, sino que explica el desarrollo de una línea de vanguardia específicamente soviética –extensible a otros estados pertenecientes a su órbita, como Polonia o los estados bálticos– durante la segunda mitad del siglo XX –y hasta la disolución de la Unión Soviética en 1991–: una vanguardia con marcado carácter contracultural, asistemática y sincrética en comparación con la occidental, e impregnada a menudo de un cierto irracionalismo o espiritualismo.


Sincretismo y contracultura en la URSS

Shostakóvich continuó siendo -hasta su muerte en 1975- un referente fundamental para los jóvenes compositores e intérpretes soviéticos. La multitud de reconocimientos oficiales recibidos durante su etapa final le permitieron desarrollar su estilo de forma más personal y libre.

Schnittke es un nombre fundamental de la contracultura musical soviética de los años 60 y 70. Este prolífico compositor de música cinematográfica fue invitado a «abandonar la composición» en 1974 por las autoridades soviéticas -en respuesta a su Sinfonía nº1-. Esta sinfonía combinó materiales diversos -serialismo, improvisación jazzística, aleatoreidad, etc.- con técnicas de collage que valieron a su estilo musical la etiqueta de «poliestilismo«.

Censurado en Quizá el más venerado entre los «minimalistas sacros» es el estonio Arvo Pärt, cuya obra Frates (publicada en hasta 17 versiones, para distintas agrupaciones instrumentales) se ha convertido ya en un icono sonoro de nuestro tiempo, con una destacada presencia en filmes y medios audiovisuales.

La compositora tártara Sofia Gubaidulina ha combinado en su obra su profundo amor por el folclore, su fascinación por la microtonalidad -afinaciones alternativas- y un profundo sentimiento místico. Fue denunciada en el VI Congreso del Sindicato de Compositores en 1979 por su música «carente de sentido».

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Cuarteto de cuerda n.º 8 — 2. Allegro molto · 3. Allegretto [1960]
Uno de los hitos de su etapa final, este cuarteto fue concebido como una suerte de réquiem por la ciudad de Dresde. Incorpora numerosas autocitas y la firma musical del compositor (D–E♭–C–B, notación alemana D. SCH).
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Fratres (versión para violín y piano) [1977/1980]
La obra ejemplifica una forma de neomodalismo que el autor denominó estilo «tintinnabular», basada en el canto llano y en formas de polifonía primitivas.
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Introducción a la música de Sofiya Gubaidúlina
Conocida en Occidente a partir del registro discográfico de 1980 de su Concierto para violín por Gidon Kremer, en la obra de la compositora se aprecia un tratamiento del sonido como materia prima, moldeada a través del ritmo.

Dmitri Shostakóvich – Cuarteto de cuerda nº8 – 1. Moderato [1960].

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Arvo PärtFratres (versión original para orquesta de cuerda) [1977].

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Línea de tiempo de la música desde la Guerra Fría hasta nuestros días