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Unidad 20 – Músicas populares urbanas y nacionalismo musical

Mapamundi japonés elaborado por Sincho en 1848

Los profundos cambios demográficos experimentados durante el siglo XIX propiciaron no menos profundos cambios en la configuración de las ofertas musicales. El desarrollo industrial y la diversificación del ocio urbano generaron nuevos mercados musicales, tanto públicos (tabernas, café-conciertos, salas de baile, etc.) como domésticos, que la musicología reciente ha englobado dentro de la categoría de la música popular urbana.

A diferencia de las músicas populares urbanas que han marcado el devenir musical del siglo XX, las de este periodo dependieron de la notación musical para su difusión internacional. Este hecho determinó algunos rasgos singulares de su devenir, pues la maleabilidad del documento escrito desde el punto de vista del sonido y del estilo interpretativo –frente a la exactitud del sonoro– posibilitó la mutación de los estilos al circular de unos países a otros, en un frenético y caótico intercambio propiciado por la intensificación de las comunicaciones internacionales y la amplitud de los movimientos migratorios.

Baste como ejemplo de estas idas y vueltas la danza de origen bohemio que alcanzó popularidad en la Viena de principios del siglo XIX bajo un pretendido origen escocés (en alemán, Schottisch), y que acabaría convirtiéndose –entre muchas otras cosas– en el baile tradicional madrileño tras su llegada a la capital de España en 1850: el chotis.

Ilustración — Unidad 20
Presentación Genially
Unidad 20. Músicas populares urbanas y nacionalismo musical

Tradiciones locales y ocio urbano

Baile flamenco [] de Josep Llovera y Bofill, muestra a artistas gitanos en un café cantante.
Baile flamenco [ca.1894] de Josep Llovera y Bofill, muestra a artistas gitanos en un café cantante.

La música popular urbana del siglo XIX dependió aún en gran medida del teatro musical: las estrellas operísticas –como la francoespañola María Malibrán o la sueca Jenny Lind– fueron a su vez los fenómenos de masas más destacables de su tiempo, mientras un dinámico mercado secundario –organillos, bandas de vientos, orquestas de baile, partituras de piano, etc.– llevaban a las calles y los hogares las melodías de las óperas más célebres del momento. En este mercado musical secundario destacaron –especialmente en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX– una variedad de formatos como el café-concert, los espectáculos de variedades, el cabaret y formas nacionales específicas como el café cantante en España, el music-hall en el Reino Unido y el vodevil y los minstrel shows en los Estados Unidos. Estos formatos dieron cabida a géneros musicales propios de muy distinta naturaleza, y constituyeron un medio idóneo para la difusión de diversos tipos de canción popular, cuyo desarrollo estuvo aún limitado por la escasa efectividad (o ausencia total) de mecanismos que preservaran los derechos de autor.

En otro frente, las orquestas de baile adquirieron mayores dimensiones y autonomía artística, acrecentando su influencia en el desarrollo de las modas. Desde Viena, Johann Strauss I y Josef Lanner lideraron la expansión internacional del vals vienés a partir de las exitosas giras del primero por Alemania, Francia y Londres durante los años 1830. De forma similar, František Hilmar y Márk Rózsavölgyi (conocidos, respectivamente, como «el padre de la polca» y «el rey de las csárdás»), contribuyeron a la popularización de estos géneros de danza nacionales que, al igual que el vals, experimentaron una gran difusión en Europa y América.

El éxodo rural, las interacciones entre tradiciones musicales de distintos grupos étnicos y las migraciones intercontinentales desempeñaron un papel decisivo en el desarrollo de nuevos géneros musicales y de baile en las ciudades, a través de procesos que involucraron el préstamo e intercambio de materiales sonoros –como la adopción de estilos, ritmos u armonías–, la transferencia de tecnologías del sonido –notación musical o instrumentos musicales–, la creación de espacios de sociabilidad urbana –salones de baile, cafés-concert, teatros de variedades– y la profesionalización de los músicos. Estos fenómenos influyeron, en distinta medida y de forma independiente, tanto en los géneros europeos –como la polca, la mazurca o el flamenco– como en los géneros americanos –como la habanera, el danzón, la samba o el tango–.

Los procesos de formación y configuración de estas músicas fueron, por lo general, extremadamente diversos y complejos, y en algunos casos su estudio se ha visto entorpecido –además de por la abundancia y dispersión de las fuentes– por todo tipo de mistificaciones: en un siglo marcado por fuertes sentimientos nacionalistas, estas músicas ofrecieron a menudo unas señas de identidad –y de orgullo patriótico– que alimentaron no pocas confusiones y malentendidos acerca de sus verdaderos orígenes. A esta confusión contribuyó la proliferación de publicaciones con un propósito etnográfico dudoso o ambiguo, así como la errónea atribución de un supuesto acervo cultural rural milenario a canciones de autor compuestas apenas unas décadas antes. En algunos casos, el retorno de las músicas populares urbanas a los espacios rurales aceleró la pérdida o el olvido de la música rural auténtica en favor de su descendiente urbano, contribuyendo aún más al desconocimiento de sus verdaderas raíces.

Canción, espectáculo y música de baile

La música doméstica o de salón con una orientación más comercial que estrictamente artística recibe en el ámbito anglosajón el nombre de parlour music . Se trata de una ramificación natural de la tradición que denominamos «clásica», adaptada a un mercado musical cada vez más amplio y a una industria cultural en expansión. Stephen Foster es considerado el compositor estadounidense más representativo de este género, y muchas de sus canciones terminaron integrándose en el propio folclore del país.

La música de carácter nacional fue uno de los repertorios más populares en los hogares y en el ocio urbano del siglo XIX. Sus vías de difusión fueron diversas: el teatro musical —ópera, ballet—, la música impresa —piezas para piano, canciones— y los nuevos espacios de sociabilidad urbana —cafés, prostíbulos—, que favorecieron la consolidación de nuevos formatos de bandas y conjuntos musicales.

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Compositor de parlour music y música para espectáculos Minstrel, muchas canciones de este autor estadounidense constituyen la fuente más antigua de música popular del país, con títulos como «Oh Susanna!», «Swanee River» o «Beautiful Dreamer».
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Flores de España – Habanera “La Paloma” [1864]
La habanera alcanzó una enorme popularidad en Europa y América continental, pero perdió arraigo en su tierra de origen con el desarrollo del danzón. El vasco Sebastián Iradier es el autor de uno de los títulos más duraderos («La Paloma»), adoptado en México como emblema nacional.
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Vals Emperador , op. 437 [1889]
Este famosísimo vals fue un encargo realizado por un coro masculino vienés. Compuesto en un ambiente de pesimismo tras la derrota austríaca frente a Prusia, la pieza se convirtió en símbolo de consuelo nacional.

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Johann Strauss II – Vals Emperador, op. 437 [1889].

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La globalización y estilización de las tradiciones locales

Anuncio de La gitana [1877], opereta de asunto zíngaro de Johann Strauss.
Cartel para La gitana [1877], adaptación francesa de la opereta El murciélago de Johann Strauss II, que incluye unas csárdás húngaras.

La globalización del comercio mundial, unida a las grandes migraciones intercontinentales durante el siglo XIX, fomentaron un intenso intercambio cultural –y musical– que alcanzó prácticamente todos los rincones del mundo conocido. Así, las migraciones fomentaron el desarrollo de nuevas tradiciones híbridas, como fruto de la superposición de tradiciones independientes. Los intercambios entre los continentes americano y europeo fueron especialmente fértiles: por ejemplo, con el nacimiento de la habanera y el danzón, por adaptación de la contradanza europea; de la machicha y la samba por adaptación de la polca; la milonga o el tango mediante complejos procesos de ida y vuelta (entre los continentes americano y europeo); que tuvieron su contraparte en los cantes de ida y vuelta del flamenco, como la milonga flamenca, la vidalita, la rumba, la colombiana o la guajira.

Las ediciones impresas jugaron también un importante rol en la globalización de las músicas populares. Sin embargo, en ausencia de registros fonográficos o un contacto directo con las fuentes originales, la difusión de estas músicas a través de partituras, propició que sus rasgos distintivos acabaran reconfigurándose, estereotipándose o diluyéndose en el difuso caldo de los exotismos musicales. Entre los estilos nacionales que alcanzaron una mayor proyección internacional durante el siglo XIX se sitúan el español y el húngaro. Del estilo «español» romántico puede decirse que se configuró en tanta o mayor medida en París que en la propia España: el españolismo –basado principalmente en ritmos urbanos como el fandango, la jota o el bolero– constituyó uno de los tópicos de los espectáculos de danza y la ópera cómica francesa al menos desde los tiempos de Auber –cuya obra fue a su vez el principal referente de la zarzuela grande renacida en España en la década de 1840– hasta la Carmen [1875] de Georges Bizet. Dicho estilo fue incorporado y enriquecido por músicos de toda Europa, con especial fortuna entre los franceses (Lalo, Saint-Saëns, Chabrier, Debussy, Ravel, etc.) y los rusos (Glinka, Chaikovski, Rimski-Kórsakov, etc.).

El estilo «húngaro» del siglo XIX es el estilo de las músicas populares urbanas (verbunkoscsárdás) interpretadas por músicos gitanos de Hungría y tierras limítrofes, incluida Viena. Esta música fue adoptada por los nacionalistas húngaros como emblema nacional –negando la autoría gitana y atribuyendo erróneamente su origen a la población rural– y sirvió de base para el desarrollo del estilo nacional cultivado por músicos como Ferenc Erkel –padre de la ópera húngara– o Franz Liszt. Si bien la música de los gitanos húngaros ya era rastreable en determinadas obras del entorno vienés desde finales del siglo XVIII (Haydn, Beethoven, Schubert), la internacionalización definitiva llegaría más tarde y alcanzaría a compositores –como WeberBerlioz, Schumann, Brahms, Delibes, ChaikovskiDvořák o Ravel– y a virtuosos del violín como Sarasate, Monti o Kreisler, para anquilosarse como subgénero de la opereta vienesa desde Johann Strauss II hasta las postrimerías del género con Lehár y Kálmán.

Los estilos nacionales, auténticos y prestados

La música de salón —música doméstica del siglo XIX, generalmente para piano solo o piano con uno o varios instrumentos o voz— constituyó una vía privilegiada para la difusión de los estilos nacionales. Aunque este repertorio —orientado a un consumo masivo e inmediato— no se caracterizó por una elevada ambición artística, en determinados casos alcanzó una notable calidad musical.

La mazurca fue originalmente una danza aristocrática polaca que con el tiempo pasó a formar parte del baile popular. Durante el siglo XIX se difundió internacionalmente tanto como danza —por ejemplo, en América, a través de la migración centroeuropea— como en la música de concierto, especialmente en el ballet y el teatro musical, con ejemplos en Glinka, Offenbach, Delibes, Chaikovski o Dvořák, entre otros, así como en la zarzuela.

Las idas y vueltas del repertorio «nacional» decimonónico quedan bien ejemplificadas por la más popular de las Danzas húngaras de Johannes Brahms. La melodía de la n.º 5 procede de unas csárdás compuestas por el músico de baile Béla Kéler, que Brahms creyó de origen folclórico. La versión brahmsiana alcanzó tal difusión que se convirtió en un estándar de la música zíngara conocido internacionalmente.

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Como exiliado polaco en París, Chopin hizo valer el independentismo polaco en sus polonesas y mazurcas. Sus obras retienen los rasgos distintivos de la danza popular pero sin renunciar al lenguaje armónico y al refinamiento pianístico.
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Brahms compuso un total de 21 danzas húngaras distribuidas en cuatro exitosas colecciones publicadas en 1869 y 1880. Dieciocho de ellas estuvieron basadas en melodías preexistentes supuestamente folclóricas y solo tres fueron enteramente concebidas por el compositor.
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En Hungría, los gitanos fueron los artífices de la música «zíngara», una música de raíz folclórica aderezada con el virtuosismo instrumental de los músicos profesionales gitanos. «La alondra» fue estrenada por el rumano Anghelus Dinicu en la Exposición Universal de París de 1889 .
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Anghelus Dinicu – Ciocârlia (La alondra) [1889].

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El nacionalismo musical, entre el folclorismo y el exotismo

Estatua de Liszt -músico nacional húngaro- en la Ópera de Budapest [1884].
Estatua de Liszt -músico nacional húngaro- en la Ópera Nacional de Hungría [1884], en Budapest.

Las músicas populares urbanas jugaron un importante papel en la configuración de los denominados «nacionalismos musicales», expresión utilizada para referirse a diversos movimientos musicales que tendieron a incorporar melodías y estilos autóctonos, bien para diferenciarse de la música dominante en los circuitos internacionales de la ópera y las salas de concierto, bien para integrarse en ellos. Como hemos visto en anteriores unidades, el nacionalismo es un componente ideológico del que participan casi todas las tradiciones musicales europeas del momento (Mendelssohn, Verdi, Wagner, etc.). Sin embargo, muchas de estas tradiciones apenas mantuvieron contactos visibles con sus folclores nativos.

No es sencillo establecer el momento exacto en el que se originó el nacionalismo musical. O mejor dicho, el momento en que la música de inspiración popular se impregnó del concepto romántico de nacionalismo. Mili Balákirev, líder y mentor de la escuela nacionalista rusa, reconoció en las mazurcas y polonesas de Fréderic Chopin las primeras manifestaciones del nacionalismo musical, que según él consistieron en la fusión del folclore (en este caso, polaco) con las técnicas músicales más avanzadas de su tiempo. Sin embargo, el nacionalismo musical de Chopin se distingue del practicado por Mijaíl Glinka, considerado fundador de la escuela nacionalista rusa en que el polaco se inspiró en la música de su país sin citar melodías folclóricas específicas, mientras el ruso convirtió la cita de melodías auténticas en un rasgo esencial del nacionalismo musical del siglo XIX.

Por otro lado, es necesario distinguir entre el nacionalismo musical propiamente dicho y el exotismo musical, que abordan la representación cultural desde perspectivas distintas. En el nacionalismo musical, los compositores representan su propia cultura, reflejando su identidad a través de un lenguaje que incorpora elementos del folclore y las tradiciones locales, como en el caso de Glinka, quien en su ópera Una vida por el zar [1836] emplea melodías populares rusas, o en el de Antonín Dvořák, que, inspirado en la música checa, emplea ritmos y giros melódicos propios de la música tradicional de su país. En cambio, el exotismo musical implica una representación idealizada de una cultura ajena al compositor. Así ocurre en Carmen [1875] de Georges Bizet, o en Scheherazade de Nikolái Rimski-Kórsakov, basándose en ambos casos en una interpretación romántica de lo «español» o de lo «árabe» sin un conocimiento directo de esas tradiciones.

En cualquier caso, la Europa de los grandes imperios emergida tras las Revoluciones de 1848 constituyó un caldo de cultivo idóneo para la germinación de proyectos políticos de corte nacionalista, amparados siempre en movimientos culturales más amplios. Estas aspiraciones se vieron satisfechas en distinto grado en cada país, dependiendo de factores como su desarrollo musical previo o la adhesión social suscitada por el nacionalismo cultural. Así, comunidades nacionales con una importante tradición musical y con una agenda nacional bien definida –como es el caso de Chequia, Hungría o Noruega– fueron más tenaces en sus propósitos que aquéllas –como es el caso español– en las que no concurrieron estos dos factores con la misma intensidad. En estos contextos, autores como Bedřich Smetana y Antonín Dvořák en Chequia, Franz Liszt en Hungría o Edvard Grieg en Noruega, fueron celebrados en sus países de origen como auténticos héroes nacionales. El caso ruso –que estudiaremos en la Unidad 21– se rigió por unos parámetros singulares y específicos.

Adicionalmente, los nacionalismos musicales del siglo XIX fueron prisioneros en mayor o menor medida de la confusión reinante en el ámbito del folclore y la música popular, y si por un lado consideraron fundamental para sus propósitos la utilización de melodías folclóricas auténticas, en la práctica tomaron por error a menudo a las músicas populares urbanas (músicas de autor) como fuente para sus composiciones.

Nacionalismo, populismo y folclorismo

El nacionalismo sinfónico fructificó en naciones políticamente dependientes de otras y con una sólida tradición musical. Centros urbanos como Budapest o Praga —dependientes de Austria—, o Helsinki —dependiente primero de Suecia y después de Rusia—, utilizaron la ópera y la música sinfónica como estandarte de sus respectivas culturas y aspiraciones nacionales. Pese a haber sido educado en lengua alemana y a desconocer casi por completo el húngaro, Liszt mantuvo un fuerte vínculo sentimental con su tierra natal. Simpatizó con la Revolución húngara de 1848 y viajó regularmente a Budapest durante las décadas de 1860 y 1870, promoviendo la música húngara y el estudio de la música zíngara.

Bohemia fue ya en el siglo XVIII la región no germanófona del Imperio austríaco más integrada en la cultura metropolitana. Músicos bohemios como Johann Stamitz, Josef Mysliveček o Antonio Rosetti desempeñaron un papel relevante en el desarrollo del Clasicismo vienés, del mismo modo que Johann Nepomuk Hummel influyó en compositores románticos posteriores. No obstante, Bedřich Smetana es considerado el «padre» de la música nacional bohemia, tradición continuada por Antonín Dvořák.

En España, la zarzuela grande y, posteriormente, el género chico suplieron el escaso desarrollo de una ópera nacional mediante dos géneros de carácter burgués y, en el caso del género chico, abiertamente popular. La fórmula del «teatro por horas» —sesiones continuas de hasta cuatro funciones diarias— abarató de forma drástica el precio de las entradas, permitiendo el acceso a los teatros a estratos sociales habitualmente excluidos del teatro musical. Tanto la zarzuela grande como el género chico participaron, de distintas maneras, en procesos de nacionalismo y regionalismo musical.

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Estas rapsodias siguen por lo general la estructura de las csárdás y se dividen en una primera parte lenta y apasionada (lassú) y una segunda virtuosística y animada (friss).
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Cuarteto de cuerda nº 1, «De mi vida» , 1. Allegro vivo appassionato [1876]
Smetana es considerado «padre» de la escuela nacional checa gracias a óperas como La novia vendida o el ciclo de poemas sinfónicos Mi patria. Este cuarteto funciona como un retrato autobiográfico, con la viola como encarnación del propio compositor.
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La boda de Luis Alonso , Intermedio [1897]
El género chico, desarrollado en España entre las décadas de 1880-90, fue probablemente la forma de teatro musical más económica y masiva de su tiempo. El Intermedio de La boda de Luis Alonso es además un compendio de melodías españolas de origen autóctono e internacional.
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Bedřich Smetana – Cuarteto de cuerda nº 1, «De mi vida», 1. Allegro vivo appassionato [1876].

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Gerónimo Jiménez – La boda de Luis Alonso, Intermedio [1897].

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Línea de tiempo del Romanticismo y Nacionalismo musical